DEVOCIONES LUTERANAS
 
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DEVOCIONES DE CUARESMA

MIÉRCOLES DE CENIZA

«He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los Príncipes de los Sacerdotes y a los Escribas, y le condenarán a muerte. Le entregarán a los Gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará.» (Mateo, 20.18-19)

Por tres años el Señor Jesús había franqueado la tierra de Israel junto a Sus Apóstoles, predicando y enseñando a sus moradores, haciendo señales y milagros ante sus ojos para demostrar que Él era el Cristo prometido y el Salvador del mundo. Ahora, junto a ellos, subía a Jerusalén para celebrar aquella Pascua en la cual Él, nuestro eterno Sumo Sacerdote, se ofrecería por el pecado del mundo. Marchaba delante de ellos: y ellos le seguían, admirados y temerosos, conociendo la amarga hostilidad de los Fariseos, de los Doctores de la Ley, y del Sanedrín, contra Jesús. Por otra parte, Él les había memorado, otra vez, la enigmática profecía sobre el destino que le aguardaba en Jerusalén.

Al viajar a la santa ciudad, junto con multitud de otros peregrinos rumbo a la Fiesta, Jesús tomó aparte a los Doce, y les dijo. ‘He aquí, subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los Profetas acerca del Hijo del Hombre. Porque será entregado a los Gentiles, y será escarnecido, y afrentado y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; pero al tercer día resucitará.’ (Lucas, 18.) Aunque Jesús hablaba de célebres profecías del Antiguo Testamento acerca del Cristo, y de cómo Éste había de padecer, Lucas, cuenta que Sus Apóstoles ‘no entendían nada de esto.’ La causa fue que los Judeanos atesoraban pensamientos contrarios sobre cuál sería el rol del Mesías, cavilando que éste los haría gobernantes del mundo entero. Esto explica la confusión y el temor de los Apóstoles, quienes, así, no comprendían las palabras de Jesús. Pocos días después, lo que ahora era conjetura, devendría en angustiosa, agobiante, tremenda realidad para ellos.

Buen hermano, hoy ingresamos a lo que la histórica Congregación Cristiana llama la Cuaresma, el tiempo de la Pasión. Ha sido costumbre de larga data memorar y contemplar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor durante esta Temporada. Nuestro designio es seguir el relato Bíblico de lo que el Señor hizo, padeció, y dijo durante la Semana Santa. ¡Qué nuestro Salvador en Su compasión bendiga estas devociones, de modo que entendamos cabalmente Su Pasión y Muerte, y estemos agradecidos; ya que Él, el Cordero de Dios, pagó la pena de nuestros pecados, y los pecados del mundo en la Cruz! ¡Qué se nos conceda estrecharlo como a nuestro Salvador y Redentor en contrición y fe salvadora, para que estemos siempre con Él, en la vida y en la muerte! ¡Qué se nos conceda este amparo, a causa de Su propio sufrimiento y muerte en nuestro beneficio! Amén. Y Amén.

JUEVES

Ella ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir Mi cuerpo para la sepultura. (Marcos, 14.8)

Seis días antes de la Pascua, Jesús llegó a Bethanya, el pueblo de Lázaro, a quién Él había resucitado de los muertos tiempo atrás. Allí se dispuso, para Él y Sus Apóstoles, una cena, en casa de Simón el leproso. Marta, la hermana de Lázaro, servía la cena; y Lázaro estaba presente. En aquella cena, María, la hermana de Lázaro y de Marta, tomó una vasija de alabastro, de perfume muy oneroso, del cual habitualmente se empleaban unas pocas gotas, y quebró su fino cuello. Derramó el ungüento sobre la cabeza y los pies de Jesús, y secó Sus pies con la cabellera, llenando toda la morada con la fragancia del ungüento.

Uno de los Apóstoles, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que traicionó a Jesús, dijo, ‘¿Por qué no fue vendido este perfume por trescientos denarios, y dado a los pobres?’ ~ Y no lo dijo porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón; pues, como tesorero substraía de la bolsa de los fondos, y los usaba para sí. Sin embargo, su comentario impresionó a algunos de los Apóstoles, y estos también murmuraron contra María, diciendo. ‘Podría haberse vendido este perfume por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres.’

¿Cómo estimaremos la cualidad de María? Desde un notable amor, nacido de una fe invariable en Jesús, su Salvador, ella preparaba Su cuerpo para la sepultura que tendría lugar una semana después. Así entendió el Maestro los hechos de María. No podemos decir si ella actuó inducida por su gran afecto, o si bien tuvo el presagio de la muerte de Cristo. En todo caso, sabemos que fue una oyente sosegada, receptiva, cuando el Señor hablaba; y tales almas serenas, bendecidas por la gracia de Dios, con frecuencia percibían Su verdad con distinta premura, cuando otros, procediendo sobre prejuicios, rebatían furiosos cuando una de las Palabras de Cristo era ardua de entender, — por ejemplo, algunos de los Apóstoles, a la sazón, o Pedro, en otras ocasiones. No obstante, su renuencia provenía de la debilidad de la fe, y no de la malicia, como sucedió con Judas. — Como sea, Jesús exalta grandemente a María y a la obra singular que brotó de su fe, y de su amor; Pero no hay alabanza, sino reprensión contra el juicio pragmático de aquellos de los Apóstoles que impugnaron el caso, influenciados por las palabras hipócritas de Judas. Y si bien reprobamos la verborrea fría y racionalista del ateo, y la del religioso legalista y farsante, tampoco defendemos esa cierta afectación incongruente del ‘sentimental;’ de modo que, buen amigo, recuerda esto: la Fe y el Amor hacen buenas las obras que algunos juzgan excesivas y extravagantes. Donde la Fe y el Amor están ausentes, Dios rechaza las acciones más sabias —y supuestamente diestras, — de quienes viven en la carne.

VIERNES

¡Hosanna al Hijo de David! (Mateo, 21.9)

En Su último viaje a Jerusalén, para asistir a la Fiesta de la Pascua, Cristo se alojó con sus amigos íntimos en la Aldea de Bethanya, no muy lejos de Jerusalén. Sin duda, los peregrinos de Galilea que habían viajado con Él expusieron los hechos previos en Jerusalén. El resultado fue que un gran número de devotos le homenajeó con hojas de palma, viajando a Bethanya, para llevarlo en triunfo a Jerusalén. Al llegar a la aldea de Bethfagé, Jesús dijo a dos de sus Apóstoles. ‘Id a la aldea que os enfrenta, y pronto hallaréis un asno atado, y un rucio con él. Desatadlo y traédmelos. Si alguien os dice algo, decidle, El Señor los necesita; y pronto los enviará’ (Versión Lutero.) Esto sucedió, dice Mateo, para que se cumpliera lo que se había anunciado por medio del Profeta; ‘Decid a la hija de Sión: He aquí tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre asno, y sobre rucio, hijo de bestia de carga.’

Los enviados llegaron allí, y hallaron todo tal como Jesús lo había dicho. Llevaron el asno y el rucio, pusieron ropas sobre éste, y Jesús montó en él. Unos sembraron sus vestimentas por el camino; otros, comenzaron a cortar ramas de árbol, disponiéndolas a Su paso. Al bajar del Monte de los Olivos, los Apóstoles de Jesús, y la muchedumbre de Sus seguidores, bendecían al Señor a viva voz por los milagros que había obrado Su Cristo. Había allí algunos que presenciaron la resurrección de Lázaro. Poco sorprende que se oyera el saludo mesiánico, tomado como el proverbio de todos, en esa multitud radiante. ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!’

Lucas, relata que, agazapados entre la multitud, algunos de los Fariseos dijeron al Señor: ‘Maestro, reprende a tus Apóstoles.’ Pero la respuesta de Jesús fue. ‘Os digo que si éstos callan, las piedras clamarán.’ Y Juan, nos dice que los Fariseos, luego, murmuraron entre sí, ‘Ya lo veis; en nada prosperamos. ¡He aquí; todo el mundo va en pos de Él!’

En el Evangelio de Lucas, leemos. ‘¡Oh, si tú conocieses, al menos en éste tu día, lo que conduce a tu paz! Pero ahora está encubierto a tus ojos. Porque vendrán sobre ti días en que tus enemigos te rodearán y te pondrán sitio, y por doquiera te oprimirán. Te derribarán por tierra, y a tus hijos contigo. No dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.’

Hubo gran tumulto por doquiera, cuando Jesús entró en Jerusalén. Y algunos preguntaron. ‘¿Quién es éste?’ La multitud respondió. ‘Éste es Jesús, el Profeta, de Nazareth de Galilea.’ Jesús entró al Templo y vinieron a Él los ciegos, y los lisiados; y Él los sanó. Pero cuando los Sumos Sacerdotes y los Escribas vieron los prodigios de Jesús; y a los niños que clamaban en el recinto del Templo. ‘¡Hosanna al Hijo de David!’, se exasperaron. ‘¿Oyes lo que dicen éstos?’ le preguntaron. ‘Sí,’ respondió Jesús, ‘¿Nunca leísteis, DE LA BOCA DE LOS NIÑOS Y DE LOS QUE MAMAN PREPARASTE LA ALABANZA?’ Y los dejó, desairados, allí.

Ése fue el ingreso de Jesús a Jerusalén, rumbo al sufrimiento y a la muerte. Grande fue la asonada del pueblo que lo aclamaba como su Mesías. Fue éste un definido testimonio de Dios en favor de Jesús, y a su vez, contra la ciudad y la nación de los Judeanos. Y, mi amable lector, tú ya conoces el otro grito que la ciudad proterva profirió poco después. ‘¡CRUCIFÍCALE! ¡CRUCIFÍCALE!’ Ese grito fue engendrado por el Infierno.

Cristiano, conoces y sabes aquello que tu Salvador hizo por ti. Movido por el Espíritu Santo, regocíjate, y clama: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Salve, querido Verbo Encarnado, que vas a muerte, y muerte de Cruz, por mi bien!’

SÁBADO

¡Nunca jamás coma nadie fruto de tí! (Marcos, 11.14.)

El primer día de la semana, al crepúsculo, Jesús y sus Apóstoles volvieron de Bethanya a Jerusalén para pernoctar allí. Al día siguiente, al amanecer, en tanto retornaban a la ciudad, tenían hambre. Viendo a la distancia una higuera, el Maestro se acercó buscando algún fruto. En Palestina las higueras producen dos veces al año; se engendra un higo temprano, o verde, a fines del Invierno, de renuevos tardíamente gestados en el Otoño. Este árbol, con sus hojas fuera de estación, parecía brindar higos tempranos, a pesar de no ser todavía la época. Acercándose, el Señor no halló fruto alguno entre las hojas. Entonces dijo ‘¡NUNCA JAMÁS COMA NADIE FRUTO DE TÍ!’ Al llegar a Jerusalén, Jesús entró en el templo y expulsó de allí a los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los banqueros y los atrios de los que vendían palomas, y no permitía que nadie cruzara los patios del templo con mercancía. Les enseñaba, diciendo; ‘¿No está escrito: MI CASA SERÁ LLAMADA: CASA DE ORACIÓN PARA TODAS LAS GENTES? Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.’ Los Príncipes de los Sacerdotes y los Escribas oyeron esto, y comenzaron a intrigar cómo asesinarle, pues le temían — ya que la multitud estaba admirada por Su enseñanza. Cuando llegó la noche, Él y Sus Apóstoles salieron de la ciudad.

Tornemos a la maldición de la higuera. Por dos mil años Dios había velado por el Antiguo Israel. Lo había escogido de entre todas las naciones para ser Suyo, y lo bendijo con Su presencia y misericordia. Había dado a las tribus Su Palabra con Su Ley y Su Evangelio; y las profecías sobre Cristo, el Mesías, el Salvador del mundo. Con el fin de pastorearlos, alentándolos a permanecer en Su Palabra, estableció el sacerdocio levítico, recordando en los ritos del Santuario las transgresiones de Israel contra la Ley de Dios, y ofreciendo el Perdón del Mesías, tipificado en los sacrificios y ofrendas, anunciando al Cristo que vendría para sufrir por sus pecados, y llevarlos. Además del sacerdocio, Dios, en varias ocasiones, envió a ellos los Profetas, quienes les advertían en medio de su apostasía.

En el amor de Dios, Israel fue Su pueblo, el pueblo del Mesías Prometido. Al apartarse de Sus caminos, los israelitas eran castigados con Sus juicios, algunos más severos que otros. Y todo esto tuvo un designio. Cristo iba a hacerse hombre entre este pueblo, y anhelaba ser recibido con gozo como el Mesías, el Cristo, para que Su Nombre y Su Palabra se extendieran al mundo entero como luz y bendición, comenzando por Israel. Procuraba encontrar en ese pueblo el fruto de toda esa Su misericordiosa atención y cuidado.

Y ahora estaba allí, entre Su gente. Por tres años había recorrido toda la tierra, predicando, enseñando y haciendo milagros como evidencia de que Él era, en verdad, el Cristo prometido. Y esta enseñanza y labores habían sido predichas en la profecía. Y ahora el Maestro buscaba fruto. ¿Qué es lo que encontró? Sobre las ramas muertas de sus vidas incrédulas, tan sólo una exhibición de las hojas de un culto profesante, sin vida. Tan sólo follaje, follaje predecible, uno que sólo engendra esa vana justicia propia, esperanzas de un Reino mesiánico prosaico, ideas que revelaban una mente terrena. Había venido a lo Suyo, y Su propio pueblo lo había rechazado. Lo crucificaron como un blasfemo porque dijo que era el Cristo de Dios. No fue un Mesías al gusto de ellos. Esto es lo que halló. Esto le hizo llorar por Jerusalén. Esto también movió Su alma cuando buscó fruto en la higuera y nada encontró. Pensaba en Israel cuando dijo al árbol. ‘¡NUNCA JAMÁS COMA NADIE FRUTO DE TÍ!’ Por eso, al día siguiente profetizó, ‘Por tanto os digo que el Reino de Dios será quitado de vosotros, y dado a gente que haga los frutos de él’ (Mateo, 21.43.)

El Judeano, como nación, ya no es el pueblo de Dios; ya no son el pueblo heredero de Sus promesas. SÓLO SE ES ISRAEL POR LA FE EN JESUCRISTO. No obstante, para el hombre Judeano, las promesas aún son legítimas. Si se entrega al verdadero Mesías, cuyo Reino ahora no es de este mundo, Juan, 18.36, entonces tendrá parte en aquel gran pueblo de Dios del Nuevo Testamento, el Israel espiritual, la Comunión de los Santos, los que son benditos por fe en la Sangre de Cristo.

Querido lector, ¿Y qué diremos del pueblo Cristiano de nuestro tiempo y en nuestra tierra? ¿Encuentra el Señor el fruto que busca entre ellos? Estos días de miseria espiritual son similares a los que halló Cristo en Su ministerio hace dos mil años. ¿Cuál es tu situación personal?

LA SEMANA DE INVOCAVIT

(PRIMERA DOMINICA DE LA CUARESMA)

DOMINGO

Por tanto, os digo que todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá. (Marcos, 11.24.)

Hoy queremos considerar lo que dijo e hizo nuestro Señor el martes, previamente a Su Pasión y muerte. Diversos hechos tuvieron lugar, y esto cautivará nuestra atención por varias devociones. Cuando Jesús y Sus Apóstoles fueron de nuevo a Jerusalén, pasaron por allí donde el Señor había maldecido la higuera. Los Apóstoles observaron que el árbol estaba seco hasta la raíz. Se asombraron, y Pedro lo expuso a Jesús. Los Apóstoles no habían considerado el símbolo expresado en la acción del Maestro, cuando Él maldijo la higuera. Se admiraban del milagro, y escuchaban.

Por ello Jesús les dijo. ‘Tened fe en Dios. De cierto os digo que cualquiera que diga a este Monte: Quítate y échate en la mar, y no dudare en su corazón, mas creyere que será hecho lo que dice, lo que dijere le será hecho. Por tanto os digo que todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá. Y cuando estuviereis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que vuestro Padre que está en los cielos os perdone también á vosotros vuestras ofensas.’

¿Observas, mi hermano, que el Salvador dijo a Sus Apóstoles que ellos obrarían milagros? Dijo que podrían mover montañas, o cualquier otra cosa mediante la oración de fe. Sus palabras indican que, en primer lugar, se les llamaba a ser Cristianos sinceros, de fe, porque sólo las oraciones de estos son aceptables a Dios. En segundo lugar, cuando oraban por algo, deberían creer con firmeza que recibirían lo pedido; y luego, que así sería. Leed otra vez las palabras del Señor y veréis que es así como se entienden.

No obstante, cuando un Cristiano pide algo, ¿cómo puede creer, sin dudas, que lo esperado sucederá? ¿Cómo se obtienen esa fe, esa confianza? Hay sólo una respuesta: EN LA PALABRA Y LAS PROMESAS DE JESÚS. Jesús les dijo que ellos también obrarían milagros, y que así sería confirmada la predicación del Evangelio. Después de Su resurrección les mandó predicar el Evangelio a toda CRIATURA (así se llamaba entre los Judíos a los Paganos,) y luego añadió, ‘Estas señales seguirán a los que creen…’ — Puedes leer ahora qué clase de señales y milagros son éstos en Marcos, 16.17-18. Sobre estas palabras de Cristo ellos deberían y podrían fundar la convicción de que sus oraciones recibirían respuesta. Y, en efecto, así sucedió, como nos es dado verlo en el Santo Escrito, especialmente en los Hechos de los Apóstoles.

¿Ahora; y nosotros? ¿Es igual con nosotros? Ciertamente. Ahora bien, nosotros no tenemos ninguna Palabra que, mencionando nuestros nombres, nos envíe a obrar milagros; mas si descansamos fielmente en una promesa de la Escritura y no dudamos que Dios habrá de cumplirla, con certeza recibiremos lo que pedimos; pues Dios es fiel. No obstante, es preciso que seamos Cristianos veraces, creyentes, y fieles seguidores de Jesús. Si no es así, es porque no hemos conocido siquiera el perdón de pecados; y, a la sazón, es seguro que no serán oídas nuestras preces. Así se advierte en las palabras del Señor, cuando nos dice que, cuando oramos, es necesario que perdonemos a nuestros enemigos. Mas al decir esto, sólo define qué es un Cristiano. Su Reino, ahora, no es de este mundo. ~ Ahora sabes cómo debes orar para que con seguridad seas oído.

LUNES

De cierto os digo que los Publicanos y las rameras os van delante al Reino de Dios. (Mateo, 21.31)

¿No es esta una afirmación sorprendente? Sin embargo, son las palabras de Jesús. ¿A quiénes habla?

Cuando Jesús enseñaba y predicaba en el templo, esa mañana, los Sumos Sacerdotes y los Ancianos del pueblo se le allegaron, y querían saber con qué autoridad hacía Él estas cosas. Sin duda pensaban en Su entrada solemne en Jerusalén el primer día de la semana, y en la vindicación del templo el lunes.

Jesús respondió. ‘Yo también os haré una pregunta; y si me respondéis, Yo también os diré con qué autoridad hago estas cosas. ¿El bautismo de Juan,, de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Entonces ellos discutían entre sí, diciendo. ‘Si decimos del cielo, nos dirá. ¿Por qué, pues, no le creísteis? (Juan, había testificado que Jesús era el Cristo.) Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo, porque todos tienen a Juan, por profeta.’ Así es que respondieron a Jesús. ‘No sabemos.’ Esto fue un claro indicio de su rechazo a creer en Jesús, y de que habían endurecido sus corazones a la verdad, sin importar con cuánta nitidez se les presentara. ¿Por qué debiera Jesús haberles contestado? Por eso Jesús replicó, ‘Tampoco Yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.’ Pero sí les relató esta Parábola para reprender su hipocresía.

‘Un hombre tenía dos hijos, y llegando al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Y respondiendo él, dijo: No quiero; mas después, arrepentido, fue. Y llegando al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Yo, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dicen ellos: El primero. Les dice Jesús: De cierto os digo, que los Publicanos y las rameras os van delante al Reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan, en camino de justicia, y no le creísteis; y los Publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle.’

¿Lo ves? Los Publicanos y las prostitutas eran pecadores notorios que habían dicho ‘no,’ cuando se les convidó al Reino de Dios. Sin embargo, más tarde, muchos de ellos recibieron la invitación y creyeron. Los nacidos dentro de la Congregación Cristiana, y que aseguran ser verdaderos creyentes, afirmando que, en su propia opinión, se los ha privilegiado en el Reino de Dios — mas en verdad ellos jamás vinieron a Jesús como pecadores derribados por la Ley, ni tampoco renacieron en fe salvadora, en tanto aborrecen admitir que son pecadores miserables: -- éstos son semejantes a los Sumos Sacerdotes, y a los Ancianos de antaño. Son gente con corazones vacíos y muertos. Y no hay duda de que muchos Publicanos y prostitutas entrarán al Reino de Dios por delante de gente como estos.

Querido Cristiano, cuando el Espíritu de Dios te llama a venir a Jesús por el Evangelio, no digas ‘no’ como hicieron los Publicanos y las prostitutas en un primer momento. Di ‘sí.’ Pero haz más que decir ‘sí’; Ve a Él, realmente.

MARTES

Por tanto os digo, que el Reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado á gente que haga los frutos de él. (Mateo, 21.43)

‘Oíd otra Parábola’ dijo nuestro Señor a los Sumos Sacerdotes y los Ancianos en el templo, que cuestionaron Su autoridad, y a quienes Él había silenciado. Estos lamentaban haberle reprendido. ‘Fue un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña; y la cercó de vallado, y cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la dio a renta a labradores, y partió lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos á los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, al uno hirieron, y al otro mataron, y al otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Y por último les envió a su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, viendo al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su heredad. Y tomado, le echaron fuera de la viña, y le mataron.’

Y luego Jesús habló a sus hostiles oyentes. ‘Pues cuando viniere el señor de la viña, ¿qué hará á aquellos labradores?’—Tal vez obligados por el vívido relato de Jesús, respondieron sin advertir que se condenaban a sí mismos. ‘Á los inicuos destruirá miserablemente, y su viña dará a renta a otros labradores, que le paguen el fruto a tiempo.’

Entendieron, pues, que Jesús hablaba de ellos y de sus ancestros que maltrataron y mataron a los Profetas enviados por el Señor para fe entre el pueblo israelita. Por cierto, también ellos tenían intenciones de asesinar a Jesús. Tal vez exclamaron. ‘Nunca suceda tal cosa.’ Jesús les miró y les dijo. ‘¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, Esta fue hecha piedra de ángulo: Por el Señor es hecho esto, Y es cosa maravillosa en nuestros ojos? Por tanto os digo, que el Reino de Dios será quitado de vosotros, y dado a gente que haga los frutos de él.’

Y ahora el Señor les habló llanamente, sin parábola alguna, porque ellos, los adalides, los edificadores en Israel, estaban resistiendo a Cristo, la piedra preciosa piedra de ángulo en el Templo de Dios. Él les exhortó, diciendo. ‘Y el que cayere sobre esta piedra,’—es decir, quien se ofende por Cristo y Su Palabra, descreyendo de ella — ‘será quebrantado.’ Se alude aquí, primariamente, al Juicio Final.

Fue esta una bondadosa advertencia de Cristo a Sus adversarios. Ellos no admitieron la exhortación. Buscaban acusarle y apresarle, aunque temían a la multitud que tenía a Jesús por Profeta. —En aquel tiempo el Reino de Dios fue quitado del pueblo de Israel, y dado a otras gentes. Y ahora, vosotros, y los que descienden de tribus y naciones paganas, solamente por gracia tenéis comunión en el Reino de Dios; y son los Predicadores Cristianos quienes velan por esta viña. ¿Cuál es el fruto que halla el Señor en vuestras vidas?

¡Oh sol de gracia, luz divina,
Guíanos hacia el Señor Jesús!
Haz que en Él moremos cada día
Hasta entrar en el Edén de alegría.
Ten piedad, Señor. (CC 95.2)

MIÉRCOLES

Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? (Mateo, 22.12)

Jesús confrontó a Sus enemigos con otra Parábola. Se relaciona, además, con nosotros.

‘El Reino de los Cielos’, dijo Jesús, ‘es semejante á un rey, que hizo fiesta de bodas a su hijo; Y envió sus siervos para que llamasen los convidados a las bodas; mas no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los llamados: He aquí, mi comida he dispuesto; mis toros y animales engordados son muertos, y todo está prevenido: venid a las bodas. Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; Y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron. Y el rey, oyendo esto, se indignó; y enviando sus ejércitos, destruyó á aquellos homicidas, y puso fuego a su ciudad.’

Es esta la primera parte de la Parábola, y no hay dificultad en deducirla. Obviamente, el Señor Cristo pensaba en aquel pueblo que, por siglos fue llamado a tener parte en el Reino del Mesías. Sin embargo, cuando el Cristo apareció, los Judeanos le rechazaron, y luego le mataron. De igual manera trataron a los Apóstoles. Pronto Dios envió Sus ejércitos, en este caso, los Romanos, que devastaron Jerusalén, junto con el templo, y llevaron a la diáspora al resto de los Judíos.

Nuestro Señor prosigue con Su Parábola. ‘Las bodas en verdad están dispuestas; mas los llamados no eran dignos. Id pues a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos hallareis. Y saliendo los siervos por los caminos, reunieron á todos los que hallaron, juntamente malos y buenos: y las bodas se colmaron de convidados.’

Aquí el Divino Maestro está pensando en los Paganos. Fueron invitados luego que la nación Judía había rechazado el Reino de Dios, y el Reino le fue quitado. Ahora se extiende la invitación a todos, sin diferencia. Y de hecho llegaron vastas multitudes. Sin embargo, antes de oír la última sección de la Parábola, algo diremos. En el Oriente de esos días, se estilaba que los invitados, ya fueran ricos o pobres, recibieran un atuendo apto para las bodas. Si alguien rehusaba y no vestía esa prenda, esto se tenía por gran ofensa, como se nos lo hace saber en la última fracción de la Parábola.

‘Y entró el rey para ver los convidados, y vio allí a un hombre que no llevaba el vestido de bodas. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, no teniendo vestido de bodas? Mas él callaba. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera: allí será el lloro y el crujir de dientes.’

La vestimenta de bodas que llevan quienes entran y permanecen en el Reino de Dios, son las gracias de la justificación y santificación, que son nuestras solamente por fe. Dios nos las procura imputando a justicia y santidad nuestra fe en el Evangelio. Nos declara justos, y, en tanto perserveramos, nos inviste con amor perfecto, la santidad de Jesús, también por la fe. Así, el incrédulo que pretende aparecer delante de Dios con su propia justicia, será rechazado, y se perderá. Ser miembro de una congregación Cristiana no salva a nadie. Debes creer que tus pecados fueron expiados por la muerte de Cristo en la cruz del Gólgota; luego el perdón será tuyo. Desgraciadamente, la mayoría es irregenerada, y no tiene la fe que salva; y de allí las palabras de Cristo: ‘Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.’

Tu sangre, Oh Cristo, y tu justicia
Mi gloria y hermosura son;
Feliz me acerco al Padre eterno,
Vestido así de salvación. (CC 218.1)

JUEVES

Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo, 22.21)

El día previo a Su crucifixión, los enemigos de nuestro Salvador, los Adalides del pueblo Judío, le causaron gran angustia. En la mañana lo habían acometido en el Templo, mas Sus respuestas les callaron por un tiempo. Ahora los Fariseos trataron de confundir a Jesús en una conversación. No se reunieron ellos, esta vez, mas enviaron a algunos de sus seguidores junto con siervos del tetrarca de Galilea, Herodes. Ellos deberían fingir ser gente devota que buscaba la Palabra de Cristo. Pero la intención era tentarle a un alegato comprometido que motivara Su arresto y encarcelamiento por parte de los Romanos. Su engaño fue indudable por el modo en que a Él se dirigieron. ‘Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito dar tributo a César, ó no?’

La interpelación era una trampa. El emperador romano regía la tierra, y como resultado de ello imponía tributos. Sus gobernadores y tetrarcas tenían que recaudar tales impuestos para él. Así, los Judeanos aborrecían al gobierno de Roma, y creían que cuando llegara el Mesías, no sólo los libraría de toda potestad foránea, sino que ellos serían el pueblo más poderoso de la tierra. Los Fariseos discurrían que si Jesús aseguraba ser el Cristo, Él jamás sancionaría el pago de impuestos a Roma sin caer en el descrédito de la gente común. Por eso obtuvieron la presencia de los siervos de Herodes, que luego arrestarían a Jesús, entregándole al gobernador Poncio Pilatos. Mas fallaron sus arteras deducciones, por ser falsa la convicción sobre el Cristo como un gobernador secular.

Jesús advirtió su artimaña, y les dijo. ‘¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo.’ Ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo. ‘¿De quién es esta imagen, y la inscripción?’ Le dijeron. ‘Del César.’ Entonces les replicó, ‘Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.’ — De este modo, les decía, ‘Ustedes usan el dinero de César, y tienen su protección. Luego, denle lo que le corresponde. En cuanto a Dios, denle a Él lo que a Él se debe, y lo que Él reclama, un corazón que confía, y cree Su Palabra, y marcha por los senderos de Su Ley’ — Al oír esto, se maravillaron; y dejándole, se marcharon.

El Reino profano y el Reino de Dios parecen existir rigurosamente separados. El primero reclama atañerle las cosas de este mundo, así como nuestras vidas, en tanto ciudadanos del Estado. El Reino de Dios y sus preceptos se ocupan de la fe y el amor y la vida eterna, pero tiene primacía y deber y derecho de consejo sobre quienes gobiernan el mundo secular. Confundirlos y no discernir la diferencia entre ambos es peligroso. Pero no es necesario que pugnen el uno con el otro, en tanto se observe el orden subordinado dispuesto por Dios.

VIERNES

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. (Mateo, 22.32.)

Son ahora los Saduceos quienes disputan con Jesús. Esta sociedad negaba la existencia de los ángeles y las almas, y contradecía la resurrección de los muertos. Ellos desafiaban a Jesús, y lo afrentaban en público con sus interpelaciones. No obstante, hallaron en Él al adversario invencible.

‘Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará simiente á su hermano. Fueron pues, entre nosotros, siete hermanos: y el primero tomó mujer, y murió; y no teniendo generación, dejó su mujer á su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero; hasta los siete. Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer? porque todos la tuvieron.’

‘Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras, y el poder de Dios. Porque en la resurrección, ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres marido; mas son como los ángeles de Dios en el cielo. Y de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os es dicho por Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.’ Al oír esto, la muchedumbre se admiró de Su doctrina.’

Los Saduceos impugnaban la Escritura, pero concedían cierto valor a los Escritos de Moisés, los primeros cinco libros de la Biblia. Por ello Jesús citó ese pasaje de la Escritura para testificar la resurrección de los muertos. Cuando Dios dijo a Moisés. ‘YO SOY EL DIOS DE ABRAHAM, EL DIOS DE ISAAC Y EL DIOS DE JACOB’, los Patriarcas habían dormido hacía mucho tiempo. Sobre ello Jesús presentó la doctrina de la resurrección de los muertos, ya que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Dios muestra Su misericordia, y es el Padre Celestial de las almas vivientes, no de las muertas; y, en consecuencia, los Patriarcas viven por su fe en el Cristo Prometido.

La muerte es salario del pecado y merece la Ira de Dios. Sin embargo, Cristo nos ha redimido del pecado, y de la Ira y el castigo de Dios. Si creemos en Cristo, Dios declara que Él, el Dios del Universo, es nuestro Padre celestial. ¿Supones que nos desertará en la muerte que sobreviene a causa del pecado? No. Sin duda; moriremos, pero nuestra muerte no será maldición. Al dormir, Dios recibirá nuestra alma, y nuestro cuerpo no yacerá abandonado en el sepulcro, porque Él es todopoderoso, y nada le resulta imposible. Nos resucitará en cuerpo glorioso, porque Él es nuestro Padre celestial, que nos lavó en la sangre de Cristo. Si nuestro cuerpo se convierte en polvo; si nuestro rostro se hace cenizas, esto es la paga del pecado y la secuela de la Ira de Dios por el pecado. Pero se nos perdona, y Dios es nuestro Padre Celestial, misericordioso; y la Palabra nos dice que Dios es Dios de vivos, y no de muertos — no dudes de ello, jamás. Resucitaremos de la muerte, en un cuerpo, y un alma. No; no lo dudes, mas confía en la Palabra de tu Salvador. Tu alma no se pierde en la muerte, ni tampoco tu cuerpo, porque resucitarás del polvo, con un cuerpo nuevo y glorioso. Esta es Su promesa. Y Él es Fiel.

SÁBADO

¿Cuál es el primer mandamiento de todos? (Mar., 12.28.)

Cuando los Fariseos, rígidos y obstinados cancerberos de su iglesia, percibieron que Jesús había callado a Sus adversarios, los liberales Saduceos, presumieron que ellos, sí, podrían operar, situando a Jesús en una situación peligrosa. Por esto uno de entre ellos, un Escriba, que había oído el debate con los Saduceos sobre la resurrección, intentó probar a Jesús con la pregunta. ‘¿Cuál es el primer mandamiento de todos?’

Será bueno que sepas que, entre los Fariseos, había diversas sentencias para esta pregunta. Creían que si se observaba escrupulosamente este mandamiento, el más grande, Dios sería indulgente en cuanto a Sus demás prescripciones. Por supuesto, esto era un grave error. Si los hijos dijeran a sus padres. ‘Nos dicen que hagamos esto, y luego lo otro, pero ¿qué es, realmente, lo más importante?’ — ¿Qué supones dirían los padres? Como hijos de Dios, debemos observar sin réplicas todas Sus palabras. Por esto la pregunta del Escriba era completamente ilegítima. Sin duda, Él suponía que al decidirse en favor de alguno de los mandamientos, Jesús podría apoyar su opinión; y de no ser así, pensaba el Escriba, tal vez pueda vencerle en un testimonio.

¿Cuál fue la conclusión de Jesús sobre este asunto? Respondió. ‘AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN Y CON TODA TU ALMA Y CON TODA TU MENTE. Éste es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a él. AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.’

Todo el que ama a Dios con un amor sencillo, que le ama sobre todo lo demás, se esforzará a cumplir todos los Mandamientos de Dios. Y todo el que ama con sinceridad a su prójimo, amará a Dios como Dios quiere que se le ame, con todo el corazón, y todas las fuerzas, y toda el alma. El amor, por tanto, procediendo de la fe salvadora, es el poder motivador que determina cada pensamiento, palabra y acción. Y allí donde este amor es perfecto, allí es donde se guardan los Mandamientos; y no hay allí pecado. Todos los mandamientos de la Ley y todo lo que enseñaron y proclamaron los Profetas cuando Dios los inspiró para explicar la Ley se fundan en el amor para con Dios y el prójimo.

Es obvio que el Escriba no había esperado esta respuesta. Sean los que fueren sus motivos al hacer la pregunta, fue hondamente conmovido por las palabras de Jesús. ‘Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; Y que amarle de todo corazón, y de todo entendimiento, y de toda el alma, y de todas las fuerzas, y amar al prójimo como á sí mismo, más es que todos los holocaustos y sacrificios.’

Y viendo Jesús que había respondido con sabiduría, le dijo. ‘No estás lejos del Reino de Dios.’ — Tal vez preguntes. ¿De qué manera o hasta qué punto no estaba lejos este hombre del Reino de Dios? Bien; el que entiende cabalmente la Ley de Dios, como sucedía ahora con este hombre, pronto admitirá que no hay modo en que él pueda cumplir la Ley con perfección; reconocerá que es un pecador miserable, indigno. Y cuando oiga la voz dulce y potente del Evangelio de Cristo, será atraído a Jesús, confiará en Él y entrará al Reino de Dios. Por esta razón Jesús enseguida comenzó a hablar de ese Reino, como lo leeremos mañana.

LA SEMANA DE REMINISCERE (SEGUNDA DOMINICA DE LA CUARESMA)

EL DOMINGO DE REMINISCERE

¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo? (Mateo, 22.42.)

Escuchamos que los Fariseos se apiñaron alrededor de Jesús, y que luego de que Él hubo respondido la pregunta del Escriba, de modo que éste tuvo que acordar con Él, nadie se atrevía a tratar de servirse de Él, o hacerle caer. Ahora Jesús les pregunta a ellos. ‘¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo?’ Los Fariseos respondieron a esa pregunta según la tradición de sus padres, que fundaban en la profecía del Antiguo Testamento. ‘De David.’

Ésta fue la respuesta correcta, porque Cristo es el Hijo de David, es decir, su heredero, conforme al antiguo concepto israelita. No obstante, la respuesta no era completa, pues Cristo, a la vez que es el Hijo de David, es mucho más que eso. Con el fin de que recapacitaran en Su respuesta, y en lo que realmente implicaban las profecías del Antiguo Testamento, que identifican a Cristo como al Hijo de David, Jesús les hizo otra pregunta. ‘Entonces, ¿cómo es que David, mediante el Espíritu, le llama Señor? Pues dice. DIJO EL SEÑOR A MI SEÑOR. ’SIÉNTATE A MI DIESTRA HASTA QUE PONGA A TUS ENEMIGOS DEBAJO DE TUS PIES.’ Pues, si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?’

Nadie pudo responderle, porque Jesús había demostrado con la Escritura que el Cristo no fue sólo el Hijo de David, sino también el Dios y Señor, no sólo de David, sino de toda la raza caída. Después de esto los Fariseos ya no deseaban polemizar con Jesús, reconociendo que nadie podía igualar Su sabiduría.

Mi amigo, ¿qué opinión tienes de Jesús? ¿Crees lo que dicen sobre Él las Escrituras? ¿Crees que Cristo, el Mesías, había de venir para morir por el pecado del mundo? ¿Crees que Él es, no sólo es el descendiente de David, mas también Dios y Señor de todas las cosas? — ¿Que es Dios y Hombre en una persona? — ¿Que Jesús, como lo presenta el Nuevo Testamento, es el Cristo, el Mesías, verdadero Dios, nacido de la Virgen María? — ¿Que Él es tu Señor, el que te ha redimido, a ti, una criatura perdida y condenada, rescatándote y librándote de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo; mas no con oro o plata, mas con Su santa y preciosa sangre y Su inocente pasión y muerte? ¿Crees que ahora eres Suyo, y quieres ahora vivir como los que pertenecen a Su Reino, sirviéndole, aquí, en el tiempo y después en la eternidad, con eterna justicia, inocencia y bienaventuranza, así como Él resucitó de entre los muertos y vive y reina eternamente?

Pregúntate esto. Y si puedes decir. ‘Amén. Esto es, ciertamente, la verdad’, luego, con sumisión, da gracias a Dios, porque entonces eres verdaderamente Su hijo; y un heredero de la vida eterna. Y lee, día a día, tu Biblia, porque testifica de Cristo, como acabas de escuchar, y el Espíritu Santo, que la inspiró, y movió el corazón y la mano de Sus escritores, aumentará tu fe y confianza en el Dios poderoso revelado en sus páginas. Y recuerda esto; cualquier doctrina que niegue la Divinidad y Humanidad de Jesucristo, es veneno para el alma de los hombres.

LUNES
¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! (Mateo, 23.13)

Después que los Escribas y los Fariseos hubiesen tentado al Señor, pretendiendo confundirlo con sus argumentos en el templo, el martes, antes de Su crucifixión, Cristo, con justa ira, se dirigió a ellos, imprecándoles.
Sin embargo, primero habló a la multitud y a sus Apóstoles, diciendo. ‘Los Escribas y los Fariseos están sentados en la cátedra de Moisés,’ usurpándola. Así que, todo lo que os digan hacedlo y guardadlo’ [en tanto os enseñasen como Moisés enseñó;] ‘pero no hagáis según sus obras, porque ellos dicen y no hacen… Hacen todas sus obras para ser vistos de los hombres… Aman los primeros asientos en las cenas y las primeras sillas en las Sinagogas, las salutaciones en las plazas y el ser llamados por los hombres, ‘Rabbí, Rabbí.’ ‘Pero vosotros, no queráis ser llamados Rabbí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y vuestro padre no llaméis a nadie en la tierra, porque uno es vuestro Padre, que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se ensalzare, será humillado; y el que se humillare, será ensalzado.’

Luego señaló a los Escribas, y a los Fariseos, que aún permanecían allí, y reveló públicamente la hipocresía de ellos. ‘¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! porque cerráis el Reino de los cielos delante de los hombres; pues ni vosotros entráis, ni á los que están entrando dejáis entrar.’

‘¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! Porque consumís las casas de las viudas,’ [malversando sus ofrendas a Dios] ‘y por pretexto hacéis largas oraciones: por esto llevaréis mayor condenación.’

‘¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra por hacer un prosélito; y, una vez converso, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.’

‘¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! Porque diezmáis la menta, y el eneldo y el comino, y dejáis lo más grave de la ley, el juicio y la misericordia y la fe: esto era menester hacer, y no dejar lo otro!’

‘¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados que, por fuera, en verdad, se muestran hermosos; mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros, por cierto, por fuera os mostráis justos a los hombres; pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.’

Así el Señor reconvino públicamente la hipocresía de los Escribas y Fariseos, no fundados en Moisés y los profetas, mas en los escritos talmúdicos. Pueden leerse todos los Ayes que proclamó sobre ellos en San Mateo, 23.1-29. Tal vez, amigo, has advertido que no recordamos aquí todas Sus condenas. Mañana escucharemos del más severo reproche con el cual les reconvino. Ahora deseamos reflexionar sobre lo que dijo el Divino Maestro, y rogar al Padre para que resguarde a los Suyos de maestros como aquellos, y de los modernos Escribas y Fariseos, hipócritas seudo-Cristianos, que medran en sínodos e iglesias: todos enseñando diversa doctrina, en tanto claman que ‘sólo ellos son la iglesia verdadera.’

¡Oh Señor, procure a Su pueblo maestros y predicadores honestos y piadosos, que les lleven a Cristo, y a la salvación! Y sobre todo, rogamos por Su Espíritu Santo, para que se nos conceda un corazón humilde, libre de doblez, de modo que ministremos fielmente a nuestro Salvador, aquí, en el tiempo, y por toda la eternidad.

MARTES

¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! (Mateo, 23.29)

El Señor aún no había terminado de reprender a los Escribas y los Fariseos hipócritas. ‘¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas! Porque edificáis los sepulcros de los Profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los Profetas. Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los Profetas. ¡Colmad asimismo vosotros la medida de vuestros padres!’

Lector, ¿ves lo que esto implica? Los herederos de aquellos que habían matado a los Profetas, edificaban y adornaban ahora las tumbas de estos Profetas, asegurando con suficiencia que ellos no hubieran cometido los crímenes de sus antepasados. El Señor les dice que tenían razón en otorgar a sus ancestros el nombre de asesinos, y que esto era lo único cierto en su monserga hipócrita. Ellos demostrarían que eran dignos hijos de sus padres, y que hasta les sobrepasarían. ‘¡Colmad asimismo vosotros la medida de vuestros padres!’ Su hostilidad y odio hacia la Verdad de Dios (que ellos apenas disimulaban al llamar a Jesús ‘Maestro,’ al mismo tiempo que buscaban confundirlo en Su conversación y sapiencia,) dejaría caer aun esa máscara pocos días después, al matarle, a Él, su Mesías. Poco sorprende que exclamara. ‘¡Serpientes! ¡Generación de víboras! ¿Cómo evitaréis el juicio del infierno?’

Pero ésta no es la última palabra para ellos. Continúa. ‘Por tanto, mirad; yo os envío Profetas, Sabios y Escribas’ (se refería a Sus Apóstoles y otros testigos;) ‘y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras Sinagogas, y les perseguiréis de ciudad en ciudad, para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el Santuario y el Altar. En verdad os digo, que todo esto vendrá sobre esta generación.’ Estas palabras iban dirigidas al pueblo que rechazó a Cristo y a los mensajeros de quienes habían testificado los Profetas del antiguo Israel.

Percibe, finalmente, la endecha del Señor sobre su pueblo. ‘¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los Profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, así como la gallina junta su cría debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta.’ — La ciudad y el templo serían destruidos, porque Israel había rechazado a su Cristo. — ‘Porque os digo que desde ahora no Me veréis’ — es decir, no tendrán Mi presencia misericordiosa — ‘hasta que digáis’ — vosotros que ahora Me estáis rechazando — ‘¡BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR!’ — Todavía, hasta el fin del tiempo de gracia, hay esperanza para los Judeanos, como la hay para todos los hombres: creer en Cristo con fe salvadora, como el Mesías y Salvador que Dios envió.

Tremenda es la condena de quienes tienen la Palabra de Dios, y fingen aceptarla, pero no son más que hipócritas que en verdad lo rechazan, y buscan agradar a Dios según sus propios criterios. Buen hermano, que ni tú ni yo seamos jamás hallados entre su número. Oremos.

De nuevo yo a tu seno
Me acojo, Padre bueno,
¡Protégeme a mí!
Las diarias inquietudes,
Por tus solicitudes
Se desvanecen junto a ti. (CC. 473)

MIÉRCOLES

Estando Jesús sentado frente al arca de la ofrenda, observaba cómo el pueblo echaba dinero en ella. (Marcos, 12.41)

Esto también sucedió durante la Semana Santa. — ¿Hace Jesús todavía lo que se refiere en el texto para la meditación de hoy? ¿Todavía observa la ofrenda que los Cristianos dan para apoyar Su Reino? — Por supuesto que sí; el Señor conoce no sólo de nuestras acciones, sino también nuestros pensamientos. Esta incidencia se ha escrito en la Biblia para recordárnoslo. Jesús está sentado a la Diestra del Padre, quien, según Mateo 6.4, ‘ve en secreto.’ Y si examinaras ese pasaje, verías que tiene una crónica específica sobre las ofrendas, y que la Biblia nos dice que lo que hace el Padre, el Hijo también lo hace. La voluntad de Dios es que utilicemos nuestra fortuna terrenal, entre otras cosas, para sostener Su Reino, y Él observa si lo hacemos, o no.

¿Pero qué percibió Jesús aquel día de la Semana Santa al sentarse en el patio de las mujeres, donde se ponían las ofrendas en el arca del templo? Vio a muchos ricos que daban grandes cantidades. Sin embargo, también escudriñó el corazón de ellos, para ver cuáles eran sus motivos al dar, si hacían una exhibición de sus donativos—o si imaginaban que esta obra compraba su entrada al Reino. Y ahora entra una viuda pobre y echa dos monedas de cobre, que valen sólo una fracción de un céntimo. Entonces el Divino Maestro reúne a sus Apóstoles y les dice, ‘En verdad os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que echaron en el arca. Porque todos han echado de su abundancia; pero ésta, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su alimento.’

Fácilmente deducimos que, considerando sus circunstancias, la viuda pobre dio infinitamente más, en razón de sus recursos, que cualquiera de los ricos que donaban. El Salvador nos asegura que ella dio todo lo que tenía para vivir ese día, y tal vez por más tiempo, mientras los ricos daban sólo una fracción de su riqueza. También sabemos que esa viuda, a quien el Salvador alabó, dio su ofrenda motivada por una fe sencilla, y amor hacia Dios. El Salvador sabía esto, porque Él conoce los pensamientos de los hombres. Pero, más allá de todo esto, ¿realmente dio la viuda más que todos los otros? ¿Cómo comprenderemos esto? Sus dos piezas de cobre eran más eficaces en el Reino de Dios que las monedas de oro de los ricos. Sí, mi amigo, cosas extrañas suceden en el Reino de Dios. Un Reino que no es de aquí ahora, tiene otras leyes, otros principios. En su Reino de Gracia aquí en la tierra, el Señor del cielo y la tierra desprecia los donativos que se dan para ganar la opinión, o para obtener mérito. Por otro lado, recibe, bendice y utiliza hasta los donativos más pequeños que Sus amados hijos dan en fe y amor. Y logra más en Su Reino con tales donativos que con las ofrendas grandes y ostentosas que se dan con intención equívoca. Las caminos son diferentes en el Reino de Dios. En él no debe haber miserables, mas son todos hermanos, y uno sólo es el Señor, Cristo.

Así pues, da en conformidad con las circunstancias de tu vida, pero hazlo con fe y amor. Si tienes mucho, da mucho; si tienes poco, de todos modos da. ¡Si tu ofrenda se presenta con fe y amor, siempre será valiosa y tendrá fruto! Porque el Señor habrá de bendecirla.

JUEVES

La hora viene cuando el Hijo del Hombre ha de ser glorificado. (Juan, 12.23)

Entre las multitudes que acudieron a Jerusalén para la Pascua también se contaban algunos Gentiles, esto es, Griegos, y otros de las naciones. Estos hombres se acercaron a Felipe, uno de los Apóstoles de Jesús, con una petición. ‘Señor, quisiéramos ver a Jesús’, dijeron. Felipe luego fue y se lo dijo a Andrés, y juntos fueron a Jesús para comunicarle el requerimiento. Se nos dice que una multitud estaba presente en esta ocasión; y así, podemos suponer que si bien Jesús no les recibió personalmente, oyeron lo que Él proclamó en público.

Jesús dijo. ‘La hora viene cuando el Hijo del Hombre ha de ser glorificado. De cierto, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo.’ — Sería glorificado, es decir, ascendería, glorificando Su naturaleza humana en la cruz, coronado arriba, y proclamado en el mundo entero como Quien es realmente, el Hijo de Dios, que se hizo hombre para redimir al hombre pagando la deuda por el pecado de Adán, en quien todos pecamos. Y acude a una Parábola para revelar cómo llevaría esto a cabo. El grano de trigo representa al mismo Jesús —quien es también el Hijo del Hombre, que nació de mujer, la bienaventurada Virgen María. Tuvo que morir para que los pecadores vieran que Él es el Buen Pastor que pone Su vida por Sus ovejas. Ésta fue su gloria y fama, como también lo era el fruto que resultaba de la muerte de ese ‘grano;’ los muchos pecadores por Él redimidos, y hechos justos por su fe en Él.

Sí; Sus santos no reciben honra de parte del mundo, mas son despreciados y escarnecidos por éste, así como también el mundo aborrecía a Cristo. Sin embargo, poseen el consuelo que nace de su fe en las infalibles promesas de la misericordia de Cristo, y al final del camino, tienen la vida eterna. Estas palabras lo confirman. ‘pero si muere, llevará mucho fruto.’ En cuanto a la relación que existe entre el Cristiano y el mundo incrédulo, ‘El que ama su vida’, es decir, el que ama al mundo y pone su corazón en comidas, bebidas y en las así llamadas ‘diversiones’ (vocablo que significa ‘dispersarse uno mismo fuera de sí,’) al suponer que toda existencia termina con esta vida mundanal, y por tanto va y ama más esta vida que a Cristo, la perderá, no recibirá la vida eterna con Dios en Su Reino. Al mismo tiempo, el que odia su vida en este mundo, es decir, quien lamenta el pecado en el que su vida en este mundo lo involucra, guardará su vida, la salvará por toda la eternidad. Sí, como dice Jesús. ‘Si alguno me sirve, sígame; y donde Yo estuviere, allí también estará Mi servidor. Si alguno Me sirviere, el Padre le honrará.’

Entonces, al pensar en el amargo sufrimiento que pronto le angustiaría, un sufrimiento muy real, porque Él era verdadero hombre, dijo. ‘Ahora está turbada mi alma. ¿Y qué diré. Padre, sálvame de esta hora? ¡Al contrario, para esto he venido, en esta hora!’ — Llegó A ESTA HORA para llevar a cabo el propósito amoroso, compasivo, de Dios, de redimir el mundo con Su amarga Pasión y Muerte. Así sería glorificado en los corazones de los hombres el nombre del Padre, como el de un Padre misericordioso, reconciliado. Al pensar en eso, Él, en presencia de todos, totalmente sujeto a la voluntad de su Padre, clamó. ‘Padre, glorifica tu nombre.’

Luego vino una voz desde el cielo. ‘Le he glorificado, y le glorificaré otra vez.’ Dios glorificó el nombre de Jesús cada vez que confirmó que Él era el Salvador del mundo. Sin embargo, pronto lo haría otra vez, y de un modo inusual e portentoso, al dejar que Su Hijo sufriera y muriera, y luego resucitara de los muertos y abriera al mundo la puerta del perdón de los pecados, la vida eterna, y la salvación en Su Nombre.

La multitud que estaba presente y escuchaba, dijo que había sido un trueno. Otros decían. ‘¡Un ángel le ha hablado!’ Jesús respondió y dijo. ‘No ha venido esta voz por mi causa, mas por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo. Ahora será echado fuera el Príncipe de este mundo.’ — Jesús, con Su sufrimiento y muerte heriría la cabeza de Satanás, derrotándolo, y desde ese momento restringiría su poder. Jesús prosiguió. ‘Y Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí mismo,’ esto es, atraería los ojos de todos Sus santos, al mirar el amor y la misericordia del Salvador en Su muerte vicaria.

La expresión ‘levantado’ es un indicio de su muerte en la Cruz. Aunque la multitud entendía esto como una referencia a Su muerte, sin embargo no comprendía cuáles eran la naturaleza y la misión de Jesús. Eso motivó su pregunta. ‘Nosotros hemos oído de la Ley, que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo, pues, dices tú, ‘Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado’? ¿Quién es este Hijo del Hombre?’

El Salvador dio una advertencia a los que esto habían preguntado, y añadió. ‘Aún por un poco de tiempo estará la luz entre vosotros.’ — Al decir ‘la luz,’ el Señor Cristo hablaba de Sí mismo, de Su Palabra y del tiempo de gracia. ‘Andad’ dijo Jesús, es decir ‘conducíos como hijos de la luz,’ ‘mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas.’ TINIEBLAS es aquel estado de desesperanza del hombre que no tiene la Palabra de Jesús, ni Su fe. ‘Porque el que anda en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz.’

Buen lector, ¿eres tú un hijo de esa luz? ¿Crees en Cristo, la luz de Dios? ¿Es glorificado en tu vida el nombre del Padre, como el de un Padre de misericordia, y amoroso, a causa de tu fe en Jesucristo, tu Salvador? Anda en esa Luz. Sigue a Jesús en la fe, para que no te sorprendan las tinieblas.

VIERNES

Señor, ¿quién ha creído nuestra palabra? ¿Y el brazo del Señor, a quién es revelado? (Juan, 12.38)

¡Con qué poderosas e inspiradoras palabras el Señor Cristo habló a Su pueblo durante los días de Su Ministerio en esta tierra! ¡Si tan sólo recordáramos Sus obras ese día de la Semana Santa en el templo de Jerusalén, junto a las señales y milagros que atestiguaron que Él era el Cristo! Y a pesar de ello, Su pueblo no le conoció, como fue evidente unos días después, al escucharse entre la multitud exaltada la palabra, ‘Crucifícale.’ Así se cumplió el lamento profético de Isaías. ‘Señor, ¿quién ha creído nuestra palabra? ¿Y el brazo del Señor, a quién es revelado?’ — aquel brazo del Señor que se extendió para salvar, en la Persona de Cristo. No creían; y obstinadamente rehusaban abandonar sus ideas materialistas, terrestres. La fe no echa raíz en el corazón de tales; y como Juicio sobre ellos Dios permite que su corazón se endurezca. Esto sucedió con la masa de los Judeanos, en el tiempo de Jesús. En el sexto capítulo de Isaías observamos que Dios envía al Profeta a Su pueblo, con este mensaje. ‘Ve y di a este pueblo. Oíd bien, pero no entendáis; y mirad bien, pero no comprendáis. Haz insensible el corazón de este pueblo; ensordece sus oídos y ciega sus ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se vuelva a Mí, y Yo lo sane.’ — Y Juan, nos dice que Isaías dijo esto porque vio la gloria de Jesús, y hablaba acerca de Él. Esto quiere decir que el Señor todopoderoso que vieron los ojos de Isaías fue el Hijo de Dios, quien luego se hizo hombre, nuestro Señor Jesús — Se nos dice que muchos de los de los Principales creyeron en Él, pero a causa de los Fariseos no confesaban su, fe por temor a que los expulsaran de la Sinagoga. Preferían el honor entre los hombres, al honor que Dios les brindaba por la fe en su Hijo. Qué tiniebla. La fe temporal y pasajera pronto se extinguiría, y el destino de esos corazones sería el Juicio de obstinación.

Escuchemos las últimas palabras dichas por Cristo a Su pueblo, en el templo de Jerusalén. ‘El que cree en Mí, no cree en Mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.’ — Se nos dice que sólo podemos conocer y creer en Dios en la Persona de Cristo. Todo el que confiesa a Cristo como el Mesías de Dios y el Salvador, tiene a un Dios misericordioso; pero quien le rechaza, a Dios mismo rechaza, porque el Padre celestial lo dio, como único Salvador, a los pecadores.

Jesús además proclamó. ‘Yo, la Luz, he venido al mundo, para que todo aquel que crea en Mí no permanezca en tinieblas.’ — Todo el que cree en Cristo no permanece en las tinieblas del pecado y la muerte, mas tiene la luz de la gracia de Dios y la vida eterna.

Luego dijo. ‘Y el que oyere Mis palabras, y no las creyere, Yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me desecha, y no recibe Mis palabras tiene quien le juzgue. La Palabra que he hablado, ella le juzgará en el ultimo día.’ — ¡Se nos convoca a la Palabra de Dios y a su testimonio acerca de Cristo! La Palabra y las promesas de Cristo, que salvan al justo durante el tiempo de gracia, en el día del Juicio condenarán al incrédulo.

Jesús concluyó Su sermón en el templo, diciendo. ‘Porque Yo no he hablado de Mí Mismo; mas el Padre que Me envió, él Me ha dado mandamiento de lo que he de decir, y de lo qué he de hablar. Y sé que Su mandamiento es vida eterna. Así que, lo que Yo hablo, como el Padre me lo ha dicho, así hablo.’ — Cristo y el Padre son uno, unidos en Su propósito y Su don de la vida eterna. Jesús brinda esto a los que confían en Él. Creer en Él, significa confiar en Él, y recibir en la fe ese don. No dejes que el lamento del Profeta, ‘Señor, ¿Quién ha creído nuestro dicho?’ se aplique a ti.

SÁBADO

Velad, pues, orando en todo tiempo, para que seáis dignos de evitar todas estas cosas, que han de ser, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre. (Lucas, 21.36)

Al llegar la tarde del martes, Jesús salió del templo. Entonces Sus Apóstoles le comentaron el maravilloso edificio que era el templo. Uno de sus Apóstoles dijo. ‘Maestro, ¡mira qué piedras, y qué edificios!’ — ‘¿Veis todo esto?’ respondió Jesús. ‘De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.’ — Los Apóstoles se turbaron por esa revelación, suponiendo que Jesús hablaba del Fin del Mundo. ‘Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas estén por cumplirse?’ ‘¿Veis todas estas cosas? De cierto os digo, que no será dejada aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.’ Y sentándose Él en el Monte de los Olivos, se le acercaron los discípulos aparte, diciendo: ‘Dinos, ¿Cuándo serán estas cosas?, y ¿Qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?’

Respondiendo Jesús, les dijo: ‘Mirad, que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en Mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y á muchos engañarán.’

‘Y oiréis de guerras, y de rumores de guerras; pero no os turbéis; porque es necesario que todo esto acontezca; mas aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestilencias, y hambres, y terremotos, en diversos lugares. Y todo esto es el principio de los dolores. Entonces os entregarán, y seréis afligidos, y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las naciones por causa de Mi nombre. Muchos entonces se ofenderán; y se entregarán unos á otros, y unos á otros se aborrecerán. Y se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán á muchos. Y multiplicándose el mal, la piedad de la mayoría se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y este Evangelio del Reino será predicado en todo el mundo, por testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.’

‘Por tanto, cuando viereis la abominación asoladora, que fue predicha por el profeta Daniel, irguiéndose en el Lugar Santo, (el que lee, entienda,) entonces los que están en Judea, huyan á los montes; y el que sobre el terrado, no descienda á tomar algo de su casa; y el que en el campo, no vuelva otra vez a tomar sus vestidos. Mas ¡ay de las preñadas, y de las que crían en aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno, ni en Sábado; porque habrá entonces grande tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni la será jamás. Y si aquellos días no fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados. Entonces, si alguno os dijere: ¡He aquí el Cristo!, o ¡Hele allí!, no le creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y darán grandes señales y prodigios; de tal manera que engañarían, si esto fuese posible, aún a los escogidos. He aquí, os lo he anunciado de antemano. Así que, si os dijeren: ¡He aquí, en el desierto está!, no salgáis; ¡He aquí en los aposentos secretos!, no lo creáis. Porque así como el relámpago sale del Oriente, y resplandece hasta el Occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre. Porque dondequiera estuviese el cuerpo muerto, allí se reunirán las águilas.’

‘Y luego, después de la tribulación de aquellos días, el sol se obscurecerá, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos serán conmovidas. Y entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y al verla lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre que vendrá sobre las nubes del cielo, con gran poder, y gloria. Y enviará Sus ángeles con trompeta y gran voz; y congregarán a Sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro. Del árbol de la higuera tomad la comparación: Cuando ya su rama se hace tierna, y las hojas brotan, sabéis que el verano está cerca.’

‘Así también vosotros, cuando viereis todas estas cosas, sabed que Él está cercano, a las puertas. De cierto os digo, que no pasará esta generación, hasta que todo esto acontezca. Pasarán los cielos y la tierra, mas Mis palabras no pasarán. Pero del día y la hora nadie sabe, ni aún los ángeles de los cielos, sino solamente Mi Padre.’

‘Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre.’

‘Pues así como en los días anteriores al diluvio, comían y bebían, tomando mujeres y dándoselas los unos a otros, hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio, y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro dejado. Dos mujeres moliendo en el molino; la una será tomada, y la otra dejada. Velad pues, porque no sabéis á qué hora vendrá vuestro Señor. Pero sabed esto, que si el padre de la familia supiese cuándo el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. Por tanto, también vosotros estad prevenidos; porque en la hora que no pensáis, el Hijo del Hombre vendrá.’

LA SEMANA DE OCULI
(TERCER DOMINGO DE LA CUARESMA)

EL DOMINGO DE OCULI

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre vendrá. (Mateo, 25.13)

Nuestro Señor dio Su vida como la ofrenda del sacrificio para redimir a Sus santos. Luego, pasando tres días y tres noches, resucitó de entre los muertos, y cuarenta días más tarde ascendió al cielo, donde ahora está sentado a la diestra del Poder. Y desde ese lugar de exaltación reúne a su Santa Congregación Cristiana por Su Palabra y por su Espíritu Santo, que obra con esa Palabra. Él ha prometido retornar y llevar a Su Congregación, Su novia, a los cielos, para que ella esté con Él para siempre. Mas no ha revelado ni el día ni la hora de Su regreso. Quiere que Su novia, la comunión de los santos, vele, esté alerta; que, leal, aguarde con fidelidad Su retorno. A esto se refiere el texto de hoy,

Notamos, en la devoción previa, que en el Monte de los Olivos, los Apóstoles preguntaron a Jesús sobre Su regreso. Y Él les habló generosamente acerca de las señales que precederían Su Venida, y a la vez narró una Parábola, que a ellos y nosotros amonesta a velar siempre.

‘Entonces el Reino de los cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo.’ —En esos días, en Jerusalén, las bodas se celebraban en el hogar del novio. Este, convocado, sale con diez compañeros a buscar a su novia el día predeterminado. Sin embargo, él no define la hora de su venida; y así llega la Medianoche. Pero la novia está dispuesta, y sus amigas le acompañan en esa hora. Su función es dar la bienvenida al esposo. Como la novia, ellas están adornadas de gala y, atentas a un posible retraso, llevan consigo sus lámparas. Cuando la hora avanza, salen para encontrarse con el esposo, — han enviado por delante centinelas, que les informarán tan pronto el esposo sea avistado. Sigamos ahora con la parábola.

‘Y cinco de ellas eran prudentes, y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el Esposo, cabecearon todas, y se durmieron. Y a la medianoche hubo un clamor: ¡He aquí, el Esposo viene; salid a recibirle! Entonces todas las vírgenes se levantaron, y engalanaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se extinguen. Mas las prudentes respondieron, diciendo: No; para que no nos falte á nosotras y á vosotras, id antes á los que venden, y comprad para vosotras. Y mientras ellas iban a comprar, vino el Esposo; y las que estaban prevenidas, entraron con Él á las bodas; y se cerró la puerta. Y después también vinieron las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos! Mas respondiendo Él, dijo: De cierto os digo, No os conozco.’

Jesús terminó esta parábola diciendo. ‘Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.’

¡Dios conceda que esta advertencia siempre nos alerte! No sólo debemos ‘tener las lámparas,’ es decir, profesar ser Cristianos: mas el óleo de una fe genuina debe arder en nuestro corazón. Ahora, durante el tiempo de gracia, hay aún ocasión para obtener y extender el divino óleo de la Palabra y los Sacramentos. Muchos, a causa de una supuesta tardanza del Esposo (pues no comprenden la profecía Bíblica,) se adormecen, y duermen. Oremos al Padre por el óleo santo de la fe salvadora. — Luego, cuando se oiga el Clamor de Medianoche. ‘Jesús vuelve, para llevar a casa a Su Esposa’, esa fe se reavivará y encenderá resplandeciendo, y así nos encontrarnos con Él. Y Sus ojos verán esa fe, la fe en el poder redentor de Su sangre, y nuestro vestido de bodas, que es santidad en Su justicia. Todo el que no tenga esta fe ahora, cuando Cristo venga, ya no llegará a ella. Estos hallarán la puerta cerrada, y le oirán decir. ‘No os conozco.’ Ruego a Dios que ninguno de vosotros haya de escuchar esa sentencia.

Vivamos siempre por las cosas que son de nuestra fe, y luchemos contra el sueño que la amenaza, y que podría conducirnos a la muerte espiritual. Jesús, siempre está con nosotros en ese conflicto, y lucha por y con nosotros.

LUNES

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre vendrá. (Mateo, 25.13)

Para acentuar la amonestación que ayer ponderamos, nuestro Señor expresa una parábola. ‘Porque el Reino de los cielos es como un hombre que, yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno; a cada uno conforme a su destreza; y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.

‘Y después de mucho tiempo, vino el señor de aquellos siervos, é hizo cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; he aquí, he ganado sobre ellos otros cinco. Y su señor le dijo: Bien hecho, buen siervo, fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Y llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; he aquí, otros dos talentos he ganado sobre ellos. Su señor le dijo: Bien hecho, buen siervo, fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

‘Mas llegando luego el que había recibido un talento, dijo: Señor, yo sabía que eres hombre exigente, que siegas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste; por tanto tuve miedo, y fui, y escondí tu talento en la tierra; he aquí, aquí tienes lo tuyo. Y respondiendo su señor, le dijo: Siervo impío y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí; por tanto, te convenía dar mi dinero a los banqueros, y viniendo yo, hubiera recibido lo que es mío con beneficio. Quitadle pues el talento, y dadlo al que tiene los diez talentos. Porque a cualquiera que tuviere, le será dado, y tendrá más; pero al que no tuviere, aún lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores; allí será el lloro y el crujir de dientes.’

Sólo unas palabras para añadir a esta Parábola. El Señor Jesús dio a cada Cristiano ciertos dones, o talentos, con los que se le llama ser bendición del prójimo, como de sí mismo. Estos dones difieren en número y naturaleza. ~ Y en cuanto a ti, amigo, tu fe se expresará en el modo y medida en que emplees estos talentos. Finalmente, Jesús es tu Señor, y tú eres Su siervo. Cuando Él venga, te pedirá cuentas por Sus dones, y el modo en que los hayas usado revelará si has sido uno de Sus siervos fieles.

MARTES

E irán éstos al tormento eterno; mas los justos a la vida eterna. (Mateo, 25.46)

Sentado junto a Sus Apóstoles en el Monte de los Olivos, cuando el crepúsculo, el Señor Cristo habló sobre Su Segunda Venida, y el Juicio que se pronunciará en ese momento. Él se preocupa por nosotros y por nuestras almas, para cuando llegue el Gran Día. Permanece exhortando y advirtiendo sobre todas estas cosas, antes de volver a Su Padre celestial. Por ello es necesario que escuchemos una y otra vez Sus palabras.

Escuchémosle: ‘Y cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria, y todos los santos ángeles con Él, entonces se sentará sobre el trono de Su gloria. Y serán reunidas delante de él todas las naciones’ — todos los que entonces vivan, y de hecho, todos los que han vivido en la tierra, porque los muertos resucitarán —Apiádate, Señor — ‘y apartará Él á los unos de los otros, así como aparta el pastor á las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas á su derecha, y las cabras á la izquierda.’ — En los tribunales de los Judeanos, los declarados inocentes era situados a la mano derecha del juez, y los declarados culpables, iban a su izquierda. Cuando Cristo aparezca, al fin del Día Antitípico de la Expiación, Él hará que sobre quienes se confirme la declaración de justicia —aquellos predestinados y santos cuya fe fue imputada a justicia y santidad— estén a Su diestra, en tanto a Su izquierda estarán los incrédulos y abominables que le rechazaron, a Él y Su Evangelio, y así se decidirá el destino eterno de cada hombre.

También se verá que esa separación se relaciona con la Palabra que Él dispuso se predicara en esta tierra. A los que estén a Su diestra, les manifestará que su fe fue salvadora, y que ellos eran Suyos; mientras que los que estén a Su izquierda, caerán en condenación, sabiendo que ellos rechazaron a Cristo y Su Palabra. La Palabra predicada, y también la escrita, determinarán el destino de cada uno. ‘El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado’ (Marcos, 16.16.)

‘Entonces el Rey dirá a los de su diestra. Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.’ Cristo, el Rey, así dará testimonio de que los que estén a su diestra creían en él y demostraban su amor por él, su Salvador, con las vidas que llevaban.

Cristo los describe diciéndole, ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?’ — ¿Cómo responderá el rey? — ‘En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a estos, los menores entre mis hermanos, a mí lo hicisteis.’ Nunca olvidemos estas palabras.

Y a los que estén a su izquierda dirá. ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.’ — Ellos también, sorprendidos, preguntarán. ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?’ — ¿Su respuesta? — ‘De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.’ —Que estas palabras sean de advertencia para todos nosotros.

MIÉRCOLES

He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. (Juan, 1.29.)

Luego de concluir con lo que meditamos en la devoción de ayer, Jesús dijo a Sus Apóstoles. ‘Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado a muerte de cruz’ (Mat., 26. 1-2.) Una vez más, como en varias ocasiones anteriores, les habló de Su sufrimiento y muerte, para que cuando aconteciera, no tropezaran, mas reconocieran en Él al Cordero de Dios que toma sobre Sí y lleva el pecado del mundo.

En ese mismo momento se consumaban las profecías que eran tema de Su alocución. En ese tiempo los Príncipes de los Sacerdotes y los Ancianos del pueblo, reunidos en el palacio de Caifás, el Sumo Sacerdote, conspiraban para arrestar a Jesús con ardides, y asesinarlo. Sin embargo, ‘no durante la fiesta’, dijeron: ‘para que no haya revuelta entre el pueblo.’

Y Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, el cual era uno de los Doce; y éste fue y habló con los Príncipes de los Sacerdotes, y con los Jefes de la Guardia, de cómo le entregaría. Ellos aceptaron, y convinieron en pagarle. Y él se comprometió, buscando una oportunidad para entregarlo a espaldas del pueblo. (Lucas, 22.3-6.)

Amigo, seguramente recuerdas lo que significaban la Pascua y la cena anual que la conmemoraba. El relato se halla en Éxodo, 12. Allí Dios exterminó a los primogénitos de los egipcios, y les forzó a consentir la salida de los israelitas de Egipto. Dios había ordenado a Su pueblo que matara un cordero de un año, y untara con su sangre los dinteles y los postes de las puertas. Asarían el cordero y le comerían con panes sin levadura. Antes de cenar debían prepararse por completo para su salida de Egipto. Los que siguieron las instrucciones del Señor no fueron heridos por la plaga, mas salieron de Egipto bajo la protección de Dios. Él dijo a Israel que debería conmemorar la liberación de Egipto cada año en el tiempo indicado. Todo eso prefiguraba a Jesús, el Cordero de Dios, que tomaría sobre Sí el pecado del mundo. Todos los que creen con fe salvadora en Su sangre expiatoria serán salvos de las plagas que destruirá a los impíos, y entrarán en el cielo bajo el amparo de Dios.

El primer día de la Fiesta de los Panes sin Levadura, cuando el Cordero de la Pascua se sacrificaba — fue un miércoles ese año — los Apóstoles preguntaron en dónde debían hacer los preparativos para la Cena de la Pascua. Cristo dijo a Pedro y Juan,. ‘He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro uno que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare, y decid al dueño de esa casa. El Maestro te manda decir: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la Pascua con mis Apóstoles? Y él os mostrará un gran aposento alto, ya dispuesto; preparadle allí.’ Fueron, pues, y hallaron todo como se les había dicho (Lucas, 22.7-15.)

Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los Apóstoles. Y les dijo. ‘¡Con qué anhelo he deseado comer con vosotros esta Pascua, antes de padecer! Porque os digo que no volveré a comerla, hasta que ella se consume en el Reino de Dios.’

Sí, todos los tipos y profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías, el Cristo prometido por Dios, estaban a punto de cumplirse. Dispuesto estaba el Cordero de Dios, y también los sacrificadores. El Antiguo Testamento resplandeció en este tiempo, y comenzó la revelación del Nuevo.

Lector, ¿crees en el Cordero de Dios que murió por el pecado de Adán, común a todos, tomando sobre Sí la naturaleza humana, asimismo común a todos, ofreciendo el perdón y la vida a todo aquel que crea?

JUEVES

Porque ejemplo os di, para que como Yo os haya hecho, vosotros también hagáis. (Juan, 13.15)

Cuando cenaban, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en Sus manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los Apóstoles, y a secarlos con la toalla con la que se había ceñido.

Los Judeanos lavaban sus pies antes de cada comida, porque llevaban sandalias sobre los pies desnudos. La gente no se sentaba a la mesa, mas se reclinaba sobre almohadones, recostándose. Parece que ninguno de los Apóstoles había querido humillarse lavando los pies de los otros antes de la cena, y es probable que haya habido controversia entre ellos en cuanto al asunto (ver Lucas, 22.24.)

Entonces vino á Simón Pedro; y Pedro le dijo. ‘Señor, ¿Tú me lavas los pies a mí?’ Respondió Jesús y le dijo. ‘Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.’ — Pedro, en vez de someterse al juicio de Jesús, dijo. ‘No me lavarás los pies jamás.’ Jesús le respondió. ‘Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.’ Ahora, humillado, dijo Simón Pedro con su habitual arrebato. ‘Señor, no sólo mis pies, sino también las manos, y la cabeza.’

Jesús le dijo. ‘El que está lavado, no necesita más lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros estáis limpios’ (es decir, para tener comunión en la cena de la Pascua,) ‘aunque no todos.’ Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo. ‘No todos estáis limpios.’

Así que, luego de lavarles los pies, tomó Su manto, volvió a la mesa, y les dijo. ‘¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y bien decís, porque lo soy. Y si yo, que soy Maestro y Señor, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como Yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo, que el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si comprendéis estas cosas, bienaventurados seréis, si las hiciereis. No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido; mas ha de cumplirse la Escritura: El que come pan conmigo, levantará contra mí su calcañar. Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que Yo Soy.’

Jesús dijo estas palabras luego de lavar los pies de los Apóstoles. Quiere que Sus Apóstoles de toda época reconozcan que en Su Reino el rango y la posición no cuentan para nada — mas sólo el amor, que es humilde y generoso para servir al prójimo, y la fe salvadora. El mismo Señor lo ilustró así, al lavar los pies de los Apóstoles, y más tarde al convertirse en ofrenda expiatoria por el pecado del mundo. Sabiendo esto, somos bienaventurados.

VIERNES

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado. (1 Corintios, 11.23)

Tres de los evangelistas y el gran Apóstol de los Gentiles escribieron sobre la Santa Cena de Cristo. Mateo fue testigo presencial del evento; Marcos, y Lucas, recibieron el informe de testigos oculares; el Señor Jesús concedió al Apóstol Pablo una revelación personal acerca del asunto, de modo que él pudo escribir a la congregación de Corinto. ‘Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado.’ Pablo nos refiere la institución de la Santa Cena de Cristo, o Santa Comunión, el Sacramento del Altar.

Concluía la cena de la Pascua, y quienes la celebraron aún se reclinaban en la mesa. No se cantaban aún los Himnos que clausuraban la fiesta. Entonces nuestro Señor tomó uno de los panes ázimos de la mesa. Elevó Su oración de acción de gracias; y, tomando el pan, lo dio a sus Apóstoles, diciendo, ‘Tomad, comed; Este es Mi Cuerpo, que por vosotros es dado.’ — Y los Apóstoles hicieron cuanto se les mandaba. Luego Jesús dijo, “Haced esto siempre, en memoria de Mí.’ — De igual manera, después de haber cenado, tomó el cáliz, y lo consagró; y dándolo a ellos, dijo, ‘Esta es Mi Sangre del Nuevo Testamento, que se derrama por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados.’ ‘Bebed de ella todos.’ ‘Haced esto cada vez que la bebiereis, en memoria de Mí.’ No dice que se trata de un memorial, sino que recordando lo que Él hizo, hiciéramos nosotros una misma cosa. De este modo el Señor mandó tomar los humildes elementos del pan y del vino, y consagrarlos y distribuirlos, y así comer y beber con ellos Su cuerpo y Su sangre para el perdón de los pecados.

Y esto hacemos, llamando y ordenando, en nombre y por mandato de Cristo, Pastores, Diáconos y Obispos al Santo Oficio del Ministerio de la Palabra y los Sacramentos.

Esta Santa Cena es la comida sacra del Nuevo Testamento, que Jesús instituyó para los Cristianos, perfeccionando la Cena Pascual del Antiguo Testamento. En lugar del cordero de la Pascua, que prefiguraba a Cristo, Jesús, el verdadero Cordero de Dios, se daba por los pecados del mundo. Y en lugar de la carne del cordero pascual, Él da a los Cristianos, en cada Cena, Su cuerpo y sangre en el pan y el vino, a comer y beber. ESCRITO ESTÁ. La razón caída es incapaz de expresarlo. Pero sabemos que Su todopoderosa y creativa Palabra, (la que dijo ‘Sea la luz,’ y la luz fue,) se pronunció sobre aquellos elementos: señalando el pan, el Señor dijo: ESTE ES MI CUERPO. Sabemos entonces que ES SU CUERPO. Hablando del vino que estaba en el cáliz, dijo, ‘Esta Es Mi Sangre,’ y esa ES SU SANGRE; y comemos y bebemos para el perdón de los pecados. No es la recepción de los elementos, ni su distribución, lo que hace al Sacramento: Es la Palabra que consagra la que hace al Sacramento.

Y esta misma Palabra nos trae el venerable beneficio de la Santa Cena de Cristo. ‘Dada y derramada por vosotros para la remisión de los pecados.’ Como lo dice el Catecismo Menor. ‘Por estas palabras se nos confiere, en el Sacramento, perdón de pecados, vida y salvación; porque donde hay perdón de pecados hay también vida y salvación.’ Tenemos la promesa de Cristo: Él ha dado Su cuerpo y sangre por nosotros, para el perdón de los pecados.

Hermano, acércate cada semana al ara del Señor, a nuestro Sacramento del Altar, creyendo lo que Cristo nos enseña sobre él. Ven, reconociendo que eres un pobre pecador que demanda perdón; y pide al Dios Santo, a quien ofendiste con tus pecados, ese, Su perdón; y confía en la promesa de Cristo de que ese perdón es para ti. Y no dejes de meditar con lealtad el precio que tu Redentor pagó para redimirte. Y que tu gratitud se manifieste, asimismo, al morir diariamente al pecado, y al ser fiel discípulo de Jesús. Amén.

SÁBADO

Satanás os ha pedido para zarandearos como á trigo. (Lucas, 22.31)

Jesús, antes de la Cena, en aquella Pascua, tomó el cáliz, dio la bendición, lo extendió a Sus Apóstoles, y dijo, ‘Tomad esto, y divididlo entre vosotros; pues os digo que ya no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el Reino de Dios’ (Lucas, 22.17.) Al hablar así, se refería a Su muerte perentoria, por la cual sobrevendría el Reino de Gracia a esta tierra. Luego dijo. ‘En verdad, de cierto os digo, uno de vosotros me ha de entregar’ (Juan, 13.21.) — Este cáliz no era el cáliz sacramental, pues éste se tomaba luego de la cena, (Lucas, 22.20;) mas se trataba de la copa ordinariamente bebida antes de cenar, según el rito.

Los Apóstoles se miraban unos a otros, sin saber a cuál de ellos se refería. Entristecidos, comenzaron a decir. ‘¿Acaso seré yo, Señor?’ (Mateo, 26.22) — Jesús respondió, ‘él que pone la mano conmigo en el plato, [para mojar el pan] éste me ha de entregar. En cuanto al Hijo del Hombre, Él se marcha, como está escrito de Él, mas, ¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mejor le fuera a éste no haber nacido.’

El Apóstol Juan, estaba a la mesa, reclinado junto a Jesús. Pedro le hizo señas para que indagara de quién hablaba el Señor. Entonces Juan, acercándose al Cristo, le dijo. ‘Señor, ¿quién es?’ Jesús contestó. ‘Es aquel a quien yo diere el pan mojado.’ Y mojando el pan, lo tomó, y lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón. Y tras el bocado, Satanás entró en él. — Entonces le dijo Jesús. ‘Lo que has de hacer, hazlo pronto.’ Ninguno de los que allí estaban dedujo por qué le decía esto; pues algunos pensaban, (desde que era Judas el custodio de las ofrendas,) que el Maestro le decía: ‘Compra lo que es necesario para la fiesta; o bien, que diera algo a los pobres. Y Judas, al tomar el pan, salió velozmente. Y ya era de noche.’

Cuando Judas hubo salido, dijo Jesús. ‘Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en Él. Si Dios es glorificado en Él, también Dios le glorificará en Sí mismo. Y luego le glorificará. Hijitos, aún un poco estaré con vosotros. Me buscaréis, mas, como dije a los Judeanos, a donde Yo voy, vosotros no podéis venir; así digo a vosotros ahora.’ — Quería decir, adónde Yo voy ahora, tengo que ir solo. Ustedes no pueden acompañarme. — Y añadió: ‘Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros. Como Yo os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.’ — ¡Oh Señor Jesús, qué a menudo naufragamos en ello! Ten piedad; ayúdanos a amar así.

Simón Pedro dijo. ‘Señor, ¿a dónde vas?’ Le respondió Jesús. ‘Adonde Yo voy, no puedes seguirme ahora; mas me seguirás después.’ Le dijo Pedro. ‘Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti.’ Jesús respondió, ‘¿Tú darás tu vida por mí? Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo seco. Pero Yo he rogado por ti, porque tu fe no falte. Y tú, creyendo, confirma a tus hermanos.’ — Pero él le dijo. ‘Señor, estoy pronto para ir contigo, aún a la cárcel, y a la muerte.’ Sin embargo, Jesús dijo. ‘En verdad te digo, que esta noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces.’

Entonces Jesús preguntó a Sus Apóstoles. ‘Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin calzado, ¿acaso os faltó algo?’ Y ellos dijeron. ‘Nada.’ Entonces les dijo. ‘Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela; y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su manto, y compre una. Porque os digo que es necesario que se cumpla en Mí aún aquello que está escrito: Y fue contado con los impíos. Porque lo que está escrito de Mí debe cumplirse.’ Entonces ellos dijeron. ‘Señor, he aquí dos espadas.’ — Y Él respondió. ‘Es suficiente.’

Satanás iniciaba su ofensiva final, presumiendo que la muerte del Señor Cristo le daría la victoria. Y en cuanto a los Apóstoles, quería reclutarlos para su sinagoga. En el caso de Judas había tenido éxito; y ahora tenía los ojos fijos en Pedro. Sin embargo, escuchamos que el Señor le promete, como a los demás Apóstoles, socorro y consuelo.

Satanás ruge alrededor, deseoso de asaltar a todo seguidor de Cristo. A ti, y a mí; y su designio es apartarnos de nuestro Salvador. Oh Señor Jesús, ayúdanos, y líbranos, y concede que en verdadero Amor Cristiano profesemos el don de fortalecernos y asistirnos unos a otros.

LA SEMANA DE LÆTARE (EL CUARTO DOMINGO DE LA CUARESMA)

EL DOMINGO DE LAETARE

No se turbe vuestro corazón. (Juan, 14.1)

Durante la postrera noche de Su vida terrenal, después de la Cena Pascual y la institución del Santísimo Sacramento, el Señor Cristo brindó gran consuelo a Sus Apóstoles, para fortalecer su fe ante las apremiantes y tenebrosas horas de Su sufrimiento y muerte, y a fin de disponerlos para su Ministerio; ellos, Sus Apóstoles, luego que Él volviese a Su Padre. Su designio, al decir estas palabras, no se limitó al círculo íntimo de los once, mas incluía a todos los que creerían en Él a través de Su Palabra. Así, Juan, inspirado por el Espíritu Santo, escribió estas sentencias de Jesús en los capítulos 14 al 16 de su Evangelio; y se puede decir que lo hizo en nuestro beneficio. Repitamos aquí, simplemente, las palabras del Salvador, adicionando sólo las glosas más necesarias. Que Él mismo inscriba estas palabras en nuestra memoria, ~ en nuestro corazón.

‘No se turbe vuestro corazón’, dice. Sus Apóstoles no debían de aterrarse cuando en las horas contiguas vieran Su tan profunda humillación y Su muerte en la Cruz. Ellos deberían mantener la convicción de que el mismo Padre Celestial había probado generosamente que Jesús era su Señor y Salvador, y, como les había dicho, que era necesario para ellos que Cristo entrara en Su gloria a través del sufrimiento y la muerte, volviendo así a esa Majestad que Suya había sido antes que el mundo fuese. Les aseguró que había muchas moradas en la casa de su Padre, y que uno de Sus propósitos era preparar morada para ellos en los cielos — no precisamente una intangible, como los concibe la mentalidad griega — y que podrían estar seguros de Su Retorno para llevarlos al hogar divino. Sabrían adónde iba, y también el camino que tendría que seguir.

Aquí, Tomás objetó, diciendo. ‘Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos conocer el camino?’ — A esto, Jesús respondió. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino es por Mí.’ — Y para colmar sus corazones con una sencilla confianza en el Padre, dijo. ‘Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.’

Ahora Felipe pidió. ‘Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.’ — ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? — Dijo. ‘¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú, muéstranos al Padre? ¿No crees que Yo soy en el Padre, y el Padre en Mí? Las palabras que Yo os hablo, no las hablo de Mí mismo, sino que el Padre que está en Mí, Él hace las obras.’ (Juan, 14.1-10.)

Amigo mío, la manera de conocer rectamente a Dios es ésta. No hay otro Dios fuera de Cristo. Todo el que ve a Cristo, ve a Dios; todo el que oye a Cristo, oye a Dios; todo lo que Cristo hace, es Dios quien lo hace. Sólo podemos conocer a Dios en Cristo. Dios sólo se ha revelado en Cristo. Cristo y el Padre Eterno y Todopoderoso son uno: uno en deidad, y también uno en voluntad, y acción. Tus pensamientos sobre Dios son los que puedes tener al fijar tus ojos en Cristo, en Su Palabra, en Su Ministerio. Lo que Dios piensa sobre ti, es lo que Cristo piensa sobre ti. Las obras de Dios hacia ti son las obras de Cristo. Puedes ver en los Evangelios qué misericordioso es Cristo hacia los pobres pecadores; el afecto por el cual les invita a venir a Sí; el amor que les demuestra. Contempla, pues, a Cristo, y conocerás a Dios. LA BIBLIA ES CRISTO HABLÁNDOTE. En Él ves la gracia y la misericordia de Dios. Cristo murió para expiar por el pecado, y salvarte, si crees en Él; ésta fue Su voluntad, y la del Padre. Ah, mira confiadamente. No hay motivo alguno para que se turbe tu corazón, pues en Cristo Jesús Dios es tu amado Padre.

No obstante, una palabra de advertencia. Sólo a través de Cristo, y en Él, el Salvador del mundo elegido por Dios, tienes acceso al Padre. Sin Cristo, y aparte de Él, no hay Dios alguno. Todo el que rechaza a Cristo, rechaza al Padre, y a toda Su gracia y misericordia: mas en Cristo tienes consuelo divino, y vida eterna.

LUNES

No os dejaré huérfanos. (Juan, 14.18)

Éste también fue uno de los dichos místicos, compasivos, del Señor al consolar a sus Apóstoles cuando les advirtió de Su inminente partida. Meditemos en qué sentido y relación dijo estas palabras.

‘De cierto, de cierto os digo,’ dijo Él, ‘El que en Mí cree, las obras que yo hago, también él las hará; y aun mayores que estas hará, porque Yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en Mi nombre, Yo lo haré. Si me amáis, guardad Mis mandamientos’ (Juan, 14.12-15.)

Así pues, Jesús enseña a Sus Apóstoles que deben creer en Él, y amarle. Deben demostrar su amor por Él guardando Sus mandamientos. Haciendo esto, nada perderán por Su éxodo, Su muerte y Ascensión. Su camino a través de la muerte y la resurrección, que conduce al Padre, ha de llevarle a la gloria divina, a la diestra del Padre, y ejercerá allí todo poder en los cielos y en la tierra. Este Nuevo Éxodo significa que Él es el Mediador y garantía de Su salvación, y Su precursor en la Canaán celestial. Él hará por ellos todo lo que pidan en Su Nombre, y promueva Su gloria. ¿Y qué significa esa promesa de ‘hacer aun mayores obras de las que Él hizo,’ sino predicar el Reino del Evangelio hasta lo último de la tierra, para que el Padre sea honrado en Su Hijo? Y así, ¿dejó Él huérfanos a Sus Apóstoles?

Otra prueba se halla en las palabras que siguen. ‘Y Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Confortador, para que esté con vosotros para siempre: al Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque morará con vosotros, y estará en vosotros’ (14. 16—17.)

Con estas voces, Jesús promete que enviará el Espíritu Santo, el cual morará con ellos, y será en ellos, confortándolos y enseñándoles la verdad, colmándolos de confianza y gozo, de la fe nacidos. El mundo incrédulo nada sabe, ni puede recibir este confortamiento, porque en su pertinaz ceguera y por su propia culpa rechaza al Espíritu Santo, que testifica de la verdad de las Palabras y la Persona de Cristo. Porque nada saben del Espíritu Santo, la fortaleza que Él brinda parece necedad al mundo. Pero para los Apóstoles del Señor, en cuyas vidas obra el Espíritu Santo, Él no es un extraño: y lo reconocen como el Espíritu de Cristo, su Señor. Su asistencia está allí, para ellos; y Él es su consuelo y su aliento.

Jesús no sólo dijo, ‘No os dejaré huérfanos’, mas añadió, ‘Vendré a vosotros.’ Indicaba así Su presencia invisible, y Su asistencia poderosa, en el consuelo que da el Espíritu Santo que mora en los corazones. Y así es, pues Cristo ha entrado en Su gloria. ~ Aunque tú y yo, amigo mío, no seamos de aquellos Apóstoles, aún así, por gracia y misericordia de Dios, somos amados fieles y corderos de Cristo: de modo que la promesa es también para nosotros. El Señor Jesucristo está con nosotros, nos auxilia, escucha nuestras oraciones, obra por nosotros para edificar su Reino. Todo esto lo hace mediante Su Espíritu Santo, que nos enseña y fortalece por medio de la santa Palabra de Dios. Sin duda, no nos ha dejado en orfandad. Regocijémonos, pues, por estas promesas, en tanto seamos aún viadores, hasta que Él retorne para llevarnos a nuestra patria celestial.

MARTES

La paz os dejo, Mi paz os doy. (Juan, 14.27)
Hay aún otras palabras de adiós, que el Cristo habló a Sus Apóstoles en la noche previa a ser entregado. Dijo. ‘Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque Yo vivo, vosotros también viviréis’ (Juan, 14.19.) — Al mundo incrédulo ya no se le permitió ver a Cristo luego de Su sepultura. Sin embargo, sus Apóstoles pronto vieron al Cristo resucitado. Mas no sólo esto. Despiertos a una nueva vida espiritual, ahora, con fe gozosa y segura, lo reconocieron como el Príncipe de Vida, el Unigénito del Padre, quien por virtud de Su muerte en la Cruz les había redimido y dotado con Su mérito y poder. Como él mismo dijo. ‘En aquel día vosotros conoceréis que Yo estoy en Mi Padre, y vosotros en Mí, y Yo en vosotros.’ — ¡Qué paz han de haber sentido al relumbrar en ellos el conocimiento de la sagrada comunión con Dios!

No obstante, sólo los indudables Apóstoles de Jesús, los que en fe desean sinceramente amarle y guardar Sus mandamientos, experimentan y gozan de esta comunión. ¿Lo comprendes, buen amigo? ¿Y tú, mi hermana? Jesús dice precisamente eso. ‘Quien tiene Mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que Me ama, será amado por Mi Padre, y yo le amaré, y Me manifestaré a él’ (v. 21.) — Estas palabras, por cierto, merecen nuestra atención.

Luego Judas (no el Iscariote, quien ya había salido para cumplir su funesta obra) dijo al Salvador: ‘¿Cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?’ La respuesta de Jesús fue, ‘El que Me ama, guardará Mi Palabra; y Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él’ — así como un padre terrenal convive con sus hijos, y un pastor con sus ovejas. Reconoces, lector, que Dios da amor y gracia por medio de la doctrina de Cristo, sólo a quienes guardan y aprecian las palabras de Cristo, algo que sólo es propio de los verdaderos Cristianos, los que aman a Jesús. El mundo incrédulo y los ‘casi Cristianos’ no aman a Jesús, y no pueden hacerlo, sino que rechazan y se burlan de Sus palabras. Por eso el Divino Maestro no se revela al mundo. Lo dice nítidamente. ‘El que no Me ama, no guarda Mis palabras; y la Palabra que habéis oído no es Mía, sino del Padre que Me envió.’ — Los que rechazaron y rechazan a Jesucristo el Señor, rechazan al Padre celestial, y su propia salvación.

Dime, ¿presumes que los Apóstoles entendían todo lo que Jesús les dijo esa noche? Probablemente no, porque Jesús todavía estaba con ellos de modo visible; y porque habían sido testigos de Su poder y Sus milagros, no podían figurarse que aquellas cosas que el Señor les conversaba podían ocurrir. Pero como dijo, ‘Estas cosas os he hablado estando con vosotros. Y el Confortador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que Yo os hubiese dicho’ (v. 25,26.) — Sí, después, cuando hubieron recibido al Espíritu Santo que Jesús prometió, entendieron y pudieron consolarse por completo con estas palabras; y daban testimonio, una y otra vez, de la promesa. ‘La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo’ (v. 27.)

Querido Cristiano, el Espíritu Santo también te enseña a ti con la Palabra de Cristo. Y por la gracia de Dios sabes cuánto significa para ti tu Salvador crucificado, quien ahora ha entrado en la gloria. — Guarda Su Palabra como un tesoro sin precio. Sea este el principio que guíe tu vida. Entonces apreciarás una y otra vez Su paz, y tu fe se fortalecerá en ella hasta que entres en la eternidad, y le veas como eres visto.

MIÉRCOLES

Ya habéis oído que os he dicho. Voy, y vengo a vosotros. Si me amaseis, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre es mayor que Yo. (Juan, 14.28)

Tanto más insistía nuestro Señor en consolar a sus Apóstoles acerca de Su partida, más espantados y abatidos éstos devenían. No eran capaces de hallar consuelo en Sus palabras, porque no podían comprender por qué habría de dejarles, y morir. Eso les consternaba, y no les permitía cavilar en todo lo demás que decía. Por eso Jesús dijo. ‘Ya habéis oído que os he dicho. Voy, y vengo a vosotros. Si me amaseis, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre es mayor que Yo. Y ahora os lo he dicho antes que sea, para que cuando suceda, lo creáis’ (Juan, 14.28-29.)

Los Apóstoles amaban al Divino Maestro y les aterraba la idea de perderle; no querían sufrimiento ni muerte para Él. Sin embargo, no era ese el amor buscado por Cristo para ellos. Carecía este amor del debido conocimiento espiritual de Cristo, y de Su propósito al entrar en el mundo. — Iluminémosle aún más. — Él, el Unigénito, el Eterno Hijo de Dios, de una misma gloria, poder y majestad con el Padre, se humilló al entrar a este mundo, haciéndose hombre. ¿Por qué vino con tal sumisión? Pues como el Cordero de Dios tomaría sobre Sí, quitaría el pecado del mundo. Y en ese ministerio, hablando desde Su naturaleza humana, como Segundo Adán, allí fue menor que el Padre, y el Padre mayor que Él. ¿Lo comprendes? Sin embargo, el Cristo volvería a Su Padre, tomando otra vez la gloria que era Suya por derecho — como el Cordero de Dios y el Hijo Unigénito de Dios, de toda eternidad. Mas Él quiso darnos vida imperecedera, a nosotros, Su pueblo. Para ello ingresó en eterno convenio con Dios, Su Padre, viviendo Su perfecta vida para ser víctima pura y sin contaminación — y así morir como Substituto de pecadores, recibiendo el castigo que a ellos correspondía. Expió por la falta de Adán y ofreció salvación y vida eterna en términos de fe, reconciliándonos con Dios; y entregó el Oficio de la Palabra y los Sacramentos a Sus Apóstoles, que es Su propio Oficio, Oficio que engendra y da perseverancia en la fe que salva, — Oficio y Sacerdocio de Melquisedec que crea a la iglesia como un árbol da sus frutos, y que viene a la iglesia desde esa Palabra, para edificarla, para que ella aprenda y vele por ella. Si los Doce hubieran conocido al Santo Jesús de esta manera, y le hubiesen amado en tal conocimiento, se hubiesen regocijado al oírle decir que Él iba al Padre. ¡Qué fiel permaneció el Salvador en Sus labores para proteger a los Apóstoles en la gran tentación de fe que deberían sobrellevar, al no comprender la necesidad de Su sufrimiento y muerte! ¡Cuánto quería el Maestro fortalecer la fe de ellos!

Y dijo, ‘Ya no hablaré mucho con vosotros; porque viene el Príncipe de este mundo, y él nada tiene en Mí’, — Llegaba la hora del cumplimiento de Moisés, los Profetas y los Salmos, cuando el Hijo del Hombre sería levantado, tal aquella serpiente de bronce en el desierto. El Príncipe de este mundo, la Antigua Serpiente, ahora vendría y heriría el calcañar, como fue predicho en el Libro del Génesis (3.15.) No obstante, sería vencido, y su cabeza aplastada. — ‘Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vayámonos de aquí’ (Juan, 14.30--31.) Y se levantaron de la Cena de la Pascua, y cantaron un Himno; y el Cordero Eterno salió para morir como ofrenda por el pecado del mundo. —No es sencillo para los amigos devotos despedirse, cuando uno de ellos parte para un largo viaje.

El Señor dijo muchas otras palabras a Sus Apóstoles, palabras tomadas del seno de su Padre celestial. Léelas en los Capítulos 15, 16 y 17 del Evangelio de San Juan. En las devociones subsecuentes seguiremos a nuestro Señor en Su marcha a la Cruz.

JUEVES

He aquí el Cordero de Dios que lleva sobre Sí el pecado del mundo (Juan, 1.29.)

Luego de cantar su Himno, habiendo concluido el Señor Cristo Su sermón sumo sacerdotal, como despedida a Sus Apóstoles, cruzaron el arroyo Cedrón y fueron al Monte Olivete, como acostumbraban durante la Semana de la Fiesta. A medianoche, al marchar, Jesús les dijo, ‘Todos vosotros os ofenderéis de Mí esta noche; pues escrito está: Heriré al pastor, y dispersaré las ovejas.’ [Zacarías 13.7.] ‘Mas después que haya resucitado, iré delante de vosotros a la Galilea.’ Pedro le respondió. ‘Aunque todos se ofendan de ti, yo nunca me ofenderé.’ — Jesús respondió, ‘En verdad te digo que esta noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces.’ — Ante lo cual, Pedro declaró. ‘Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré.’ Y todos los Apóstoles dijeron lo mismo. (Mateo, 26.31-35.) Luego Jesús y los Doce llegaron a un lugar que se llama Gethsemaní, donde había un lagar de aceite de oliva en un huerto. Entraron al huerto y Jesús les dijo. ‘Sentaos aquí, entre tanto que voy allí, y oro.’ Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, Jacobo y Juan,, y se adentró más en el Huerto. Comenzó a estar triste y angustiado, y les dijo. ‘Triste está mi alma, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.’

‘Y habiendo dado algunos pasos, se postró sobre Su rostro, y oró, y dijo, ‘Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz; pero no sea como Yo quiero, sino como tú.’ Cuando retornó a sus Apóstoles, los halló dormidos. ‘¿Así que no habéis podido velar una hora conmigo?’, le preguntó a Pedro. ‘Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, mas la carne enferma.’ — Por segunda vez salió y oró. ‘Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que Yo lo beba, hágase tu voluntad.’ Cuando volvió, otra vez les halló dormidos, ‘porque los ojos de ellos estaban cargados.’ Así que los dejó y fue para orar por tercera vez, diciendo la misma cosa. Un ángel del cielo se le apareció, y lo fortaleció. Estando en agonía, oró con más vehemencia; y Su sudor era como gotas de sangre, que corría hasta la tierra. Luego volvió a sus Apóstoles y les dijo. ‘Dormid ya, y descansad. He aquí, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega. Orad, para que no entréis en tentación.’

¡Mira al Salvador en Su agonía! Su alma está angustiada hasta la muerte. El Divino Maestro espera el consuelo de Sus Apóstoles, y se aflige a tal punto que un ángel tiene que venir a confortarlo. ¡Velo allí, lidiando con la muerte, y sudando gotas de sangre! ¿Qué entiendes de todo ello?

Amigo, mira aquí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ha llegado la hora del Sacrificio. Desde la eternidad, y durante Su breve vida en este valle de lágrimas, una y otra vez acude el pensamiento. ‘¡Ah, Padre amado, heme aquí, estoy dispuesto! Pon sobre Mí la carga.’ Este fue Su mayor deseo. Dios realmente cargó en Él el pecado del mundo, común a todos; propio a la caída naturaleza humana, por todos participada. Cristo sufrió el castigo de la maldición y la penalidad de la Ira que el hombre atrajo sobre sí por sus pecados innumerables, esos por los que el Cordero de Dios hizo Expiación vicaria.

Es inmenso el tormento que puede afligir al alma, lamentándose por un solo pecado. Cuanto más, al reconocer que el Dios Santo aborrece y sanciona el pecado. Las penas de la conciencia y la angustia del alma son peores que el dolor físico. Cristo se dio como Mediador y aceptó llevar sobre Sí el pecado del mundo, entregándose como la víctima pura y como Substituto al castigo y la penalidad que todos merecen por el pecado. La carga de esta culpa ajena pesaba sobre el alma de Jesús y lo acongojaba hasta la muerte. No es posible para el hombre comprender de modo cabal el sufrimiento de Jesús en Gethsemaní, ni existen palabras idóneas para describir Su Pasión.

Sin embargo, desde la Palabra es posible decirte algo certero. Porque el alma del Señor Jesucristo padeció bajo el peso de tus pecados, tu alma puede ahora descansar con alegría en la seguridad de la gracia y el amor de Dios. No lo dudes. El Cordero de Dios tomó sobre Sí el pecado del mundo.

VIERNES

Si a Mí me buscáis, dejad ir a éstos. (Juan, 18.8)

El Señor, según observamos, fue a Gethsemaní con los Doce. Judas, quien habría de entregarle, también conocía el lugar, puesto que Jesús con frecuencia se reunía allí con Sus Apóstoles. Cuando Judas hubo reunido a la partida romana, y a algunos esbirros del sumo sacerdote, y a los Fariseos, tan especialmente elegidos para detener a Jesús, los condujo al Huerto. Portaban linternas, hachas, y armas; y Judas les precedía.

Sabiendo Jesús lo que habría de suceder, salió, y les preguntó. ‘¿A quién buscáis?’ — Le respondieron, ‘A Jesús Nazareno.’ Cuando Jesús dijo. ‘Yo Soy’, se volvieron atrás, y cayeron en tierra. Jesús, otra vez, les preguntó. ‘¿A quién buscáis?’ La respuesta se reiteró. — ‘Os he dicho que Yo Soy’; dijo el Señor, y añadió, ‘Si a Mí me buscáis, dejad ir á éstos.’ — Posiblemente los hijos de las tinieblas buscaban secuestrar, asimismo, a los Apóstoles. — El traidor había convenido señal para con ellos. ‘Al que yo besare, ése es; prendedle, y llevadle con cuidado.’ Procediendo llanamente a Jesús, Judas le dijo. ‘¡Salve, Maestro!’, y le besó en la mejilla. — Jesús le dijo. ‘Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?’ — Luego los hombres sujetaron a Jesús, y lo arrestaron.
 
Cuando los discípulos de Jesús vieron lo que iba a suceder, dijeron. ‘Señor, ¿herimos a espada?’ Luego Simón Pedro, que tenía una, la sacó e hirió al esbirro del Sumo Sacerdote, cortándole su oreja derecha. El nombre del sujeto era Malco. — ‘Vuelve tu espada a su lugar’, dijo Jesús a Pedro. ‘¿Por ventura, piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que Él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que así conviene que se haga?’ Luego Jesús dijo. ‘Basta ya.’ Y tocó la oreja del hombre, y lo sanó. Luego Jesús dijo a la multitud. ‘¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me detuvisteis. Mas todo esto fue hecho, para que se cumpliesen las Escrituras de los Profetas.’

Todos los Apóstoles lo abandonaron y huyeron. Un joven, que sólo llevaba una túnica de lino, seguía a Jesús. Cuando prendieron al joven, huyó desnudo, dejando la túnica tras de sí.

Buen amigo, nuestro Señor permitió que hombres pecadores le llevaran preso, en nuestro beneficio. Somos nosotros, por nuestros muchos pecados contra la santa Ley de Dios, quienes hubiésemos merecido que los santos ángeles, los siervos de la gran Majestad divina, nos ataran para conducirnos ante el Tribunal Divino; y allí ser condenados al castigo eterno. Esta es la verdad. Pero en lugar de esto, por el designio misericordioso de Dios, fue el Salvador Inocente el apresado; fue Él quien asumió nuestro castigo; quien se presentó ante un tribunal injusto, a un procedimiento viciado de nulidad, para ser sentenciado a la muerte maldita de la Cruz, como está escrito, ‘Maldito todo aquel que pende del madero.’ Los conspiradores, los esbirros, los asesinos del Verbo de Dios actuaron según la presciencia y el sabio designio de Dios. El Señor Cristo, el Santo de Israel, Su iglesia, sufrió esta Pasión y Muerte, diciendo, ‘Si a Mí me buscáis, dejad ir a éstos.’ Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice, ‘De todos los que Me diste, no perdí a ninguno.’ Tal el sacrosanto misterio de la predestinación. — Ah, quien cree en el Hijo no viene a condena. El Unigénito les ha traído a la libertad gloriosa de los hijos de Dios, para cumplir la finalidad del hombre, amar y honrar a Dios, y darle gloria. Cree esto, y cuando el Divino Maestro invoque tu nombre en la Resurrección, los ángeles de Dios te escoltarán a la perfecta libertad de la patria celestial.

SÁBADO

Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. (Romanos, 3.23—24)

La cohorte, junto con el Tribuno y los esbirros de los Judeanos apresaron a Jesús, como meditamos ayer, atándole y conduciéndole al palacio del sumo sacerdote. Allí se habían reunido los Príncipes de los Sacerdotes y varios de los Ancianos y Maestros de la Ley, los Escribas talmudistas. Anás, (suegro de Caifás,) quien había sido sumo sacerdote, interrogó a Jesús en cuanto a Sus Apóstoles y Su doctrina. — Jesús le respondió. ‘Yo siempre he enseñado en la Sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los Fariseos, y nada he hablado en arcano... ellos saben lo que Yo he dicho.’ — Cuando esto hubo dicho, uno de los esbirros, que estaba cerca, le abofeteó. ‘¿Así respondes al sumo sacerdote?’, impetró. — ‘Si he hablado mal’, dijo Jesús, ‘da testimonio de este mal; mas si bien, ¿por qué me golpeas?’

Los Príncipes de los Sacerdotes y el entero Sanedrín Judaico bregaban por evidencias contra el Señor Cristo, a fin de matarle; mas nada hallaban. Muchos presentaron falso testimonio contra Él, mas sus dichos no concordaron. Luego, algunos, poniéndose en pie, dijeron. ‘Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho de mano, y en tres días edificaré otro no hecho de mano.’ — Luego el sumo sacerdote se irguió delante de ellos, y preguntó a Jesús. ‘¿Nada respondes’ — Mas Él callaba, no dando respuesta alguna. — Luego, el sumo sacerdote, acercándose solemnemente a Jesús, le preguntó, como movido de súbita inspiración. ‘Te conjuro, por el Dios Viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.’ — Esta vez Jesús no guardó silencio. Respondió, ‘Yo Soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la Diestra del poder de Dios, viniendo con las nubes del cielo.’

Ahora el sumo sacerdote obtuvo lo que quería, una franca afirmación de Jesús de que Él era el Mesías. El sumo sacerdote rasgó sus vestiduras en señal de espanto y angustia, y dijo. ‘¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?’ — ‘¡Es reo de muerte!’, respondieron. Luego escupieron Su rostro, y le abofetearon. Otros vendaron Sus ojos, le golpearon y aullaron: ‘Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó.’ Le endosaron multitud de blasfemias: y especialmente los esbirros de los Judíos le maltrataban.

Todo esto es un espectáculo nauseabundo. Cristo tuvo que sufrir a manos de la nación a la que vino. Y los que instigaron estos hechos fueron sus hombres dominantes y doctores religiosos ¿Y por qué así? Su inocencia era evidente. Pero Jesús había dicho que Él era el Cristo, el Mesías de Dios, y por eso se pronunció la sentencia de muerte; dijeron considerarlo un blasfemo. Los doctores Judíos eran pragmáticos, gente de actitud mundana, carnales; mientras Jesús era verdaderamente el Hombre Espiritual. No querían, — y no podían, — reconocer quién era Él, verdaderamente. Como resultado, en lugar de creer en el Mesías por tanto tiempo aguardado, le odiaron con un odio infundido y alimentado por Satanás, como la Escritura claramente testifica.

Tú sabes por qué trataron al Santo de Dios de esta manera, y por qué Él se sometió a este trato. Fue por nosotros, por el pecado del hombre. Él fue el Cordero de Dios, enviado por Su Padre celestial para llevar y expiar el pecado del mundo. Por fe en el Evangelio, somos justificados por Su obra hecha fuera de nosotros; y santificados por Su obra en nosotros. Acepta Su sustitución, aprópiatela con fe, y luego tú, pecador penitente, serás declarado justo por Dios, libre para marchar en santidad. Si vas al Señor Cristo, no escucharás ninguna sentencia de condenación; amado, serás absuelto.

Oh Cristo, Cordero de Dios
Que quitas el pecado del mundo,
¡Danos tu paz! Amén.

LA SEMANA DE JUDICA (EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA)

DOMINGO DE JUDICA, O DE PASIÓN

¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? (Juan, 18.17)

Cuando apresaron a nuestro Señor en el Huerto de Gethsemaní, todos sus Apóstoles le abandonaron y huyeron. Pero Simón Pedro y otro apóstol pronto retornaron, y siguieron de lejos a Jesús. Puesto que el último fue reconocido por el sumo sacerdote, fue con Jesús al patio de éste, mas Pedro tuvo que esperar fuera de las puertas. Aquel apóstol habló a la muchacha que allí servía, e hizo ingresar a Pedro.

En aquel tiempo y en esos países un palacio tenía un patio o atrio interior abierto. Este patio se dividía en dos sectores por un muro, creándose así un atrio exterior y otro interior. Alrededor del interior había un pórtico que proveía albergue y en donde, ocasionalmente, se celebraban reuniones.

En el atrio interior del palacio, en esa noche en particular, había siervos alrededor de un fuego, caldeándose, porque hacía frío. Pedro se acercó a ellos para templarse y ver en qué resultaría el caso. Sin embargo, la muchacha que servía preguntó a Pedro. ‘¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?’ Mas él lo negó, y dijo. ‘No lo soy.’ Luego, después de la primera negación, cuando procedía la vergonzosa audiencia de Jesús, Pedro salió al atrio exterior, y se oyó el canto de un gallo. Allí otra de las mujeres vió a Pedro y dijo a los espectadores. ‘Por cierto, también éste estaba con Él, porque es Galileo.’ Luego le dijeron. ‘¿No eres tú de Sus Apóstoles?’ Pero él lo negó otra vez, jurando. ‘No conozco al hombre.’ Como una hora después, otros afirmaron. ‘Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aún tu habla te hace manifiesto.’

Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente del hombre a quien Pedro había cercenado la oreja, le desafió. ‘¿No te vi yo en el huerto con Él?’ Luego comenzó a invocar maldiciones sobre sí mismo y les juró, ‘No conozco al hombre.’ Al decir esto, cantó el gallo. Luego el Señor Cristo, quien estaba en el pórtico, se volvió y miró directamente a Pedro. Él recordó la palabra que el Señor le había dicho. ‘Antes de que el gallo cante, me negarás tres veces,’ y salió, y lloró acerbamente.

Tal la profunda miseria de Pedro, impetuoso, siempre confiando en sus propias fuerzas. Tal la gran misericordia de Cristo, quien le alzó de esa miseria.

¿No eres también tú como los Apóstoles del Señor? — Al Cristiano a menudo se le confronta con esta pregunta, en diversas circunstancias. A veces el incrédulo preguntará llanamente. Sin embargo, con más frecuencia la ironía está implícita en las miradas de escarnio que se dirigen contra los santos. En muchas ocasiones el Cristiano enfrenta escenarios que le llaman a probar más allá de toda duda su fe, o a decir con franqueza que no negará a su Salvador. En esas ocasiones Jesús te observa, contemplando tu decisión.

¿Qué hay de ti en este negocio? Seguramente recordarás momentos cuando tus hechos te reportaron como semejante a las miserias que Pedro hace aquí evidentes. No cometas el error de depender de tus propias fuerzas; mejor, pide a tu Divino Maestro la fuerza necesaria. Y no juegues con el peligro; no te caldees con el fuego en redor del cual los enemigos de Jesús se apiñan con desahogo. Y si has caído, o si cayeras en el futuro — no tratarás como cosa leve aquella negación. Es un asunto serio y debe motivar arrepentimiento y hasta lágrimas. Sin embargo, no desesperes; recuerda la misericordia paciente de Cristo, como lo hizo Pedro.

LUNES

Grande es mi iniquidad para ser soportada. (Génesis 4.13)

El concilio ante el cual Cristo se presentó esa noche no fue una reunión legítima del Sanedrín, aunque casi todos sus miembros estuviesen presentes. Con este motivo hubo otro consejo, temprano en la mañana, para condenar formalmente a Jesús. En esa ocasión, se le preguntó. ‘¿Eres tú el Cristo? Dínoslo.’ Jesús respondió. ‘Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero después de ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios.’ Y todos dijeron. ‘¿Luego tú eres el Hijo de Dios?’ — Jesús respondió. ‘Vosotros decís que Yo soy.’ — Luego dijeron. ‘¿Qué más testimonio deseamos? Porque nosotros mismos lo hemos oído de Su boca.’

Luego el concilio se levantó y le llevó ante Pilatos, el regente romano que debía aprobar cualquier sentencia de muerte pronunciada por el Sinedrio, y ordenar que se lleve a cabo. Esto se requería, ya que entonces los romanos gobernaban la tierra. — Muy temprano, al alba, se presentaron al palacio del gobernador.

Cuando Judas, el apóstata, vio la condena de Jesús, se alteró en remordimiento; y así, fue, y devolvió las treinta monedas de plata al sumo sacerdote, y a los Ancianos. ‘Yo he pecado’, dijo, ‘entregando Sangre Justa.’ — Ellos le befaron. ‘¿Y a nosotros, qué? Es cuestión tuya.’ Y arrojando el dinero en el templo, salió. Luego fue, y se ahorcó (Mateo, 27.3-5.) Y los Príncipes de los sacerdotes dijeron. ‘No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre.’ — Más tarde zanjaron sus escrúpulos, y decidieron comprar un campo de alfarero, para sepultar a los peregrinos que murieran en Jerusalén. Con este motivo el lugar fue conocido entre los paisanos como ‘Acéldama,’ ‘Campo de Sangre.’ Y así se cumplió lo anunciado por el Profeta. ‘Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.’

Éste fue el sombrío fin de Judas Iscariote, uno de los Doce.

Ponderemos brevemente el caso de Judas. En primer lugar, notamos que se anuncia en el Antiguo Testamento que el Cristo habría de tener un discípulo tal. El Señor mismo lo dice (Juan, 13.18,) como también Pedro (Hechos 1.16.) Es aconsejable leer estas profecías (Salmo, 41.11; Salmo, 109; Zacarías, 11.12,13.) Esto fue así predeterminado por el decreto y consejo de Dios; y fue parte de la Pasión y el Sufrimiento de nuestro Señor el que tuviese, durante Su Ministerio Público, un discípulo como Judas, quien, finalmente, le desertaría, entregándole.

No sabemos si Judas en algún tiempo fue sincero en su doctrina, y leal al Divino Maestro. Sin embargo, claramente percibimos que la codicia es raíz de todos los males; y que también en su caso resultó ser causa de su caída. En Juan, 12.6, leemos, ‘Teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.’ Nuestro Señor sabía que a esto estaba propenso y le advirtió; mas Judas endureció su corazón frente a estas advertencias. El resultado fue que Satanás usó este instinto, cegándolo y así obteniendo control completo sobre él, al punto que Judas, con descaro inigualable, traicionó a su Señor. Cuando vio a Jesús condenado a muerte, al fin comprendió lo que había hecho. ¿Pero quién fue el que abrió sus ojos, entonces? Creo que tenemos que decir: Satanás, el mismo que le había cegado a los consejos y el desvelo de Jesús, y había cegado su espíritu. Ahora abrigó la misma desesperación que Caín, y en tal desesperación se quitó la vida.

Buen amigo en la fe, ¡guárdate contra Satanás! Cuando cedemos a cualquier pecado, aun uno que parezca trivial, Satanás lo aprovechará para usarlo con sus propósitos, buscando engañarnos y endurecer nuestro corazón contra las advertencias de la Escritura y de Cristianos bien intencionados. Buscará promover su obra infame hasta que desesperemos de la gracia de Dios, dudando del perdón que Cristo obtuvo en el Gólgota. La única defensa contra Satanás es aceptar con fe salvadora la Palabra de Cristo.

MARTES

Mi Reino no es de este mundo. (Juan, 18.36)

Cuando los Judeanos, al alba, el martes por la mañana, sin duda después de haberlo arreglado con anticipación para ser recibidos en el palacio de Pilatos, llegaron allí con su prisionero, no ingresaron, ya que, según su Talmud, no querían volverse ritualmente inmundos, y quedar así impedidos del Festival sacro, por entrar en la casa de un Goyim. Pilatos les complació, saliendo a su encuentro. Les preguntó. ‘¿Qué acusación traéis contra este hombre?’

La pregunta ciertamente no era del agrado de los sumos sacerdotes y Ancianos del pueblo, como se nota por su brusca respuesta. ‘Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado.’ Contaban con que Pilatos confirmara su sentencia, sin investigar el caso. — Pilatos sólo dijo. ‘Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra Ley.’ — Como la ruda respuesta les puso en su lugar, con astucia respondieron con menor arrogancia. ‘A nosotros no nos es lícito dar muerte a nadie.’ Pero pronto volvieron a su anterior actitud, y dijeron. ‘A éste hemos hallado, que pervierte a la nación.’ Entre otras mentiras acusaron a Jesús de oponerse al pago de los impuestos. Finalmente presentaron la afirmación de que Jesús era el Mesías, como si Su reclamo fuese el de ser un rey terrenal.

En este punto Pilatos volvió a entrar al pretorio por la vehemencia de las acusaciones y el comportamiento de ellos. También llevó a Jesús dentro y le preguntó. ‘¿Eres tú el Rey de los Judíos?’ — ‘¿Dices tú esto de ti mismo’, respondió Jesús, ‘o te lo han dicho otros de Mí?’ — Con desdén Pilatos respondió. ‘¿Soy yo, acaso, Judeano?’ — En efecto, estaba diciendo que él no tenía el menor interés en las ideas judaicas acerca de su Cristo, en tanto no pusieran en riesgo la autoridad del emperador: y agregó. ‘Tu gente, y los pontífices, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?’

Jesús respondió, ‘Mi Reino no es de este mundo; si de este mundo fuese mi Reino, mis servidores combatiesen para que yo no fuera entregado a los Judíos; ahora, pues, mi Reino no es de aquí.’ — Sorprendido, Pilatos preguntó. ‘¿Luego, eres tú rey?’ — Jesús respondió. ‘Tú dices que Yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye Mi voz.’ — Al parecer, Pilatos no deseaba involucrarse en lo que a él parecía una discusión filosófica, de modo que respondió con desdén. ‘¿Qué es la verdad?’

Después esto, Pilatos salió otra vez a donde la multitud lo esperaba. Les dijo. ‘Yo no hallo en él ningún crimen.’ — Los Pontífices y los Ancianos renovaron sus cargos, mas Jesús guardó silencio. Luego Pilatos le preguntó. ‘¿No oyes cuántas cosas juran contra ti?’ — Pero Jesús nada respondió, ni a una sola de las acusaciones, de modo que el gobernador se asombró.

Estimado amigo, quisiera llamar tu atención, otra vez, a las palabras de Jesús. ‘Mi Reino no es de este mundo.’ Cristo de hecho es Rey, el Rey de reyes, sin embargo Su intención no es minar los reinos de este mundo o la autoridad secular. De hecho, del orden humano se observa que Él mismo aprueba la autoridad secular, y quiere que los Suyos se sujeten a ella y no trastornen las normas. Sin embargo, ahora, Su Reino e Iglesia no son de este mundo, ni deben confundirse ni involucrarse con los Estados y Reinos terrenales. Es el de Cristo un Reino enteramente espiritual, donde reinan y gobiernan la Palabra de Dios y la fe. No es un Reino visible que la carne y el mundo puedan confinar a este u otro lugar; vive en el corazón de los que creen en Cristo. Por lo tanto, por dondequiera que se vea la mera pompa terrenal, encubierta con el nombre de la Iglesia de Cristo, o en donde aparezcan los intereses seculares vestidos con el nombre de Cristo o de Su Iglesia, o en donde las autoridades seculares tengan el propósito de dominar en la iglesia de Cristo, que nadie se engañe al suponer que tal cosa se conforme a la voluntad de Cristo, porque Su Reino no es de este mundo caído, telestial.

Cristo vino para redimirnos por medio de Su amarga Pasión y Muerte, y, por medio de la fe salvadora, librarnos del pecado, la muerte y el poder del diablo. Ésta es la verdad misericordiosa de Dios, que Él quiere que se proclame como Su Palabra en toda pureza por todo el mundo. Todo el que cree este mensaje con tal fe y confía en Cristo como su Salvador, y quiere ser Suyo en vida y muerte, este está en el Reino de Cristo, y tiene la vida eterna. En donde se predica a Cristo Crucificado y en donde las almas se alimentan con la doctrina de Cristo, allí está su Reino, que, ahora, es un Reino espiritual.

Hasta que la Roca cortada no por mano de hombre caiga sobre la estatua de los reinos de este mundo (Daniel, 2) y comience la Quinta Monarquía milenaria, el Reinado de Cristo como Rey de Reyes y Señor de Señores, que se extenderá por toda la tierra, vuelta a su estado anterior.

MIÉRCOLES

Ciertamente Él escarnecerá a los escarnecedores, y a los humildes dará gracia. (Proverbios 3.34)

Aunque Pilatos había dicho a los Judeanos que no hallaba culpa en Jesús, ellos seguían acusándolo, diciendo. ‘Trastorna al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde la Galilea, hasta aquí.’ Cuando oyó esto, Pilatos preguntó si el hombre era Galileo. Al saber que Jesús estaba bajo la autoridad de Herodes, a éste Le envió, en tanto él también estaba en Jerusalén en esos días.

Se complació Herodes cuando vio a Jesús, ya que hacía mucho tiempo que pretendía verle. Por lo que había oído acerca de Él, esperaba uno de Sus milagros. Le hizo muchas preguntas, mas Jesús no le respondió. Los Príncipes Sacerdotes y los Escribas allí estaban, inculpándole con vehemencia. Luego Herodes y la soldadesca se burlaron de Él, y le escarnecieron. Lo vistieron en lujosa prenda, y le reintegraron a Pilatos. Herodes y Pilatos se hicieron amigos ese día, siendo que antes habían sido adversarios.

Observa cómo actúan los incrédulos e impíos al tratarse de Cristo. Cuando lo enfrentan, con el resultado de ver expuestos sus pecados, le odian con furor, como es indudable en el caso de los Sumos Sacerdotes y los Escribas. Cuando calla, y rehúsa satisfacer las pretensiones de los hombres, le desprecian, burlándose de Él. Contempla el comportamiento vergonzoso de Herodes, escarneciendo al Salvador, —Quien también estaba dispuesto a morir por sus pecados. ¿Y qué excusa podría haber ofrecido, por su deseo de ver un portento de Jesús? Mucho había oído sobre Él, es probable que también de boca de Juan, el Bautista, aquel que él había matado porque dio testimonio contra su pecado.

El trato que los incrédulos dieron al Señor es similar al que dan a Sus Apóstoles y Sus creyentes. Les aborrecen y se burlan de ellos, sobre todo cuando se sienten incómodos, y culpables ante Su presencia. No permitas que esto te haga inseguro en tu fe; más bien disponte a ser tratado así. El siervo no es mayor que su amo. Así como le aborrecieron, menospreciaron y persiguieron a Él, así también trataron a Sus Apóstoles, y así seguirán haciéndolo. Si esto te sucede por el testimonio de tu fe en Jesús, ya sea como secuela de algo que digas, o que hagas o no hagas, no te apenes, sino más bien está gozoso, puesto que es evidencia que tú eres de Cristo.

Y recuerda la promesa de Dios, por Él escrita en el Antiguo Testamento, y que inicia esta devoción. ‘Ciertamente Él escarnecerá a los escarnecedores, y a los humildes dará gracia.’ A los burladores que escarnecen a Su Palabra y a Sus hijos, y que rehúsan tornar de su pecado y arrepentirse, les tiene guardada afrenta en la última y terrible hora. Pero dará gracia, honor eterno y gloria a los humildes que aquí en la tierra tienen que sufrir la vergüenza, el sarcasmo y aun el dolor o la muerte por causa de Él.

JUEVES

¡Fuera con Éste, y suéltanos a Barrabás! (Lucas, 23.18)

Era costumbre del gobernador liberar a algún cautivo favorecido por la multitud en el tiempo de la Fiesta. Precisamente cuando él trataba el caso de Jesús con los adalides Judíos, llegó una delegación del pueblo pidiendo que hiciera lo habitual. Supuso Pilatos que así podría librar a Jesús. Por entonces había un hombre llamado Barrabás, que estaba en la cárcel con unos insurrectos que habían cometido un asesinato al sublevarse. Pilatos, sabiendo que, por envidia, los Príncipes de los Sacerdotes le habían entregado a Jesús - y además sabiendo que Barrabás era notorio por los crímenes que había cometido, decidió que el pueblo decidiera entre Jesús y Barrabás, estando convencido, como lo estaba, de que el pueblo escogería al Señor. Así que preguntó a la multitud. ‘¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?’ Después de preguntar, tomó asiento en el tribunal, aguardando la decisión. Entonces su esposa le envió el mensaje. ‘Nada tengas que ver con este Justo; porque hoy mucho he padecido en sueños a causa de Él.’ Pero los Príncipes de los Sacerdotes y los Ancianos persuadieron a la multitud que se pidiera a Barrabás, y que Jesús fuera crucificado.

Luego, Pilatos preguntó a la turba. ‘¿A cuál de los dos queréis que os libre?’ — ‘A Barrabás,’ respondieron. — ‘¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo,?’ indagó Pilatos. — ‘¡Sea crucificado!’, aullaron todos. — ‘Mas, ¿qué mal ha hecho?’ preguntó Pilatos. Y añadió. ‘Ningún delito digno de muerte he hallado en Él; le castigaré, pues, y le soltaré.’ Por tercera vez había hablado a la nación. Sin embargo, con bramidos exigieron, obstinadamente, que fuera crucificado. Y ellos prevalecieron.

Según la Escritura, los Sumos Sacerdotes y los Ancianos aborrecían a Jesús. Su predilección por Barrabás proveía de la incitación del diablo, honrando a la mentira, en lugar de la verdad. No hay mayor odio que el que tienen los falsos maestros que se adornan con el nombre de ‘Cristiano’ — odio por el Cristo verdadero cuando le encuentran en Su Palabra. Siempre ha sido así. Sucedió en las persecuciones de los electos de Dios y de Sus testigos, a lo largo de los siglos. Sucede ahora mismo.

¿Qué había hecho Cristo a la nación, para que ésta le fuera tan hostil, y exigiera Su muerte? La turba siempre es voluble y se la manipula con facilidad. El día de Ramos le celebraron como al Hijo de David, conmovidos por el arrebato de quienes creían en Él, y por sus gritos de ‘Hosanna.’ Y la voluntad de Su Padre celestial era que Su Hijo entrase pública y solemnemente en la ciudad rebelde, como el Mesías. Y ahora, pocos días después, la multitud clamaba. ‘¡Fuera con Éste, y suéltanos a Barrabás!’ Los Sacerdotes y el mismo Satanás incitaron a la turba en esa ocasión.

Sin embargo, aunque este grito es espantoso, hay una verdad consoladora que se esconde detrás de él. El Santo Cordero debía ser rechazado sin la menor misericordia, y ser crucificado, para que el pecador, aunque sus crímenes sean tan grandes como los de Barrabás o aún peores, pueda venir a ser libre, hallar misericordia y heredar el reino de los cielos. Como el Apóstol Pedro dijo a los Judíos el día de Pentecostés, Jesús fue entregado a la voluntad del pueblo ‘por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios,’ en beneficio de los hombres y para salvación de Su pueblo. No lo olvides jamás.

VIERNES

Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos (Mateo, 27.25)

Mientras la gentuza vociferaba de esta forma contra Jesús, Pilatos ordenó que Él fuera azotado. La soldadesca le llevó dentro del Palacio (esto es, al Pretorio) y toda la compañía de soldados fue convocada. Le revistieron de un manto de púrpura; luego tejieron una corona de espinos y se la pusieron. — ¿Acaso no había dicho que era Rey? — Y comenzaron a befarle, ‘¡Salve, Rey de los Judíos!’ Una y otra vez le golpearon la cabeza con una vara, y salivaron sobre Él. Hincados, le hicieron reverencia. Y Jesús, el Hijo de Dios, permitió que todo esto pasara.

Otra vez Pilatos salió y dijo a los Judíos. ‘Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en Él.’ Cuando Jesús salió llevando la corona de espinos y el manto de púrpura, Pilatos les dijo. ‘¡Ecce Homo!,’ ¡He aquí el hombre!’ — Tan pronto como los Príncipes de los Sacerdotes y los esbirros le vieron, gritaron. ‘¡Crucifícale! ¡Crucifícale!’ Pero Pilatos respondió. ‘Tomadle vosotros, y crucificadle; ya que yo no hallo delito en Él.’ — Los Judíos insistieron. ‘Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a Sí mismo Hijo de Dios.’

Cuando Pilatos oyó esto, su temor se acrecentó, y regresó al palacio. ‘¿De dónde eres tú?’ Jesús no le contestó. ‘¿A mí no me respondes? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que la tengo para librarte?’ — Jesús le respondió. ‘Ninguna autoridad tendrías contra Mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.’ Desde entonces Pilatos se esforzó aun más en liberarlo, mas los Judíos seguían increpando. ‘Si a éste sueltas, no eres amigo del César; todo el que se hace rey, al César se opone.’

Al oír esta amenaza implícita, Pilatos decidió imputar toda responsabilidad a los Judíos. Sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar llamado Gabbatha, en arameo. Aquí todo el mundo podía observar el proceso. Luego dijo a los Judíos. ‘¡He aquí vuestro Rey!’ Pero ellos gritaron. ‘¡Fuera, fuera, crucifícale!’ — ‘¿A vuestro Rey he de crucificar?’, preguntó Pilatos. — ‘No tenemos otro rey que el César’, dijeron los Pontífices.

Cuando Pilatos vio que nada lograba, sino que se iniciaba un tumulto, tomó agua, y se lavó las manos delante de la multitud. ‘Yo soy inocente de la sangre de este Justo; allá vosotros.’ — Y el pueblo clamó. ‘Sea Su sangre sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.’ — Entonces liberó a Barrabás, mas mandó a azotar a Jesús, y le entregó para ser crucificado.

Fue una terrible maldición la que los Judeanos invocaron sobre sí mismos. Jesús de hecho era su Rey, su Mesías y el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Lo había demostrado con Sus milagros y las señales que hizo. Sin embargo, le rechazaron y querían que fuese crucificado, y clamaron sobre ellos y sus hijos cualquier maldición que viniera por esa obra. Y así ha sucedido repetidas veces. No obstante, siempre que uno de ellos cree en Jesús como su Mesías y Salvador, esa sangre se convierte en bendición porque le lava de sus pecados, así como lava a todos los creyentes de los suyos. Sí, Dios puede convertir maldición en bendición. Puesto que ‘al que no conoció pecado Dios lo hizo ofrenda por el pecado para nosotros,’ e hizo que llevara nuestro castigo: todo aquel que mira al Cordero de Dios con fe salvadora, es declarado justo en el Juicio en virtud de los méritos de la Pasión y Muerte de Cristo, la cual algunos teólogos llaman 'la Justicia de Cristo.' — Y aquí, lector, debemos explicarnos. Bíblicamente se llama ‘la Justicia de Cristo’ a Su vida inmaculada, que hizo del Señor el Cordero sin mancha ni contaminación, cabalmente apropiado para ser perfecta ofrenda por el pecado en la Cruz. La Justicia de Cristo, Su obrar y Sus sufrimientos (preciados como una sola cosa, no divididos,) es imputada, o dada a aquellos que creen, no en la letra o la puntualidad de ella, mas en las bendiciones, privilegios, y beneficios recibidos de Dios a causa del mérito de ese obrar y morir de Cristo. — Por lo tanto ‘la Justicia de Cristo,’ (Su obrar y morir, sin división,) se nos imputa en el sentido de que ella es estimada por Dios la preciosa consideración, satisfacción, y mérito que obtienen los propósitos de Dios, por los cuales nosotros somos (cuando creemos el Evangelio) perdonados y justificados contra la sentencia condenatoria de la Ley, y contados y aceptos de Dios en la gracia y la gloria. Nuestra fe es imputada a justicia y nuestros pecados ya no se nos atribuyen: ellos nos son perdonados. — Cualquier otra doctrina sobre Justificación es mero Antinomianismo.

Damos ahora gracias a Dios por la Sangre de Jesucristo, su Hijo, que nos limpia de todo pecado.

SÁBADO

No lloréis por Mí, mas llorad por vosotras, y por vuestros hijos. (Lucas, 23.28)

En seguida que Pilatos, violando tanto su entendimiento como su conciencia, y cediendo a los alaridos insistentes y amenazadores de la nación Judaica, ordenó que Jesús fuera crucificado, los soldados se apoderaron de Él. Le quitaron el manto, y le pusieron Su propia ropa. Luego le llevaron para crucificarlo. Estaba con dos malhechores que también serían ejecutados junto a Él. Un comandante al mando encabezaba el grupo, y le seguía gran número de gentes, junto con los adalides de la nación. Cada uno de los condenados cargaba su propia cruz. Jesús apenas soportaba este peso, por lo cual la tropa tomó a un hombre de Cirene, llamado Simón, que llegaba en ese momento del campo; y le obligaron a cargar la cruz de Jesús. Marcos, revela que fue el padre de Alejando y de Rufo, quienes después tuvieron parte en la Congregación de Cristo.

Sin duda el rudo trato a manos de los soldados, y el oprobio que implicaba cargar la cruz, fue cruel para Simón. Y sin embargo, este suceso, al parecer casual, a pesar de ser tan ingrato en esa hora, en la providencia de Dios llegó a ser bendición, porque Simón fue hecho Cristiano. — De igual manera, querido amigo, Dios puede permitir que alguna experiencia infausta, o aun dolorosa, te sobrevenga a causa de tu fe; pero puedes estar seguro que será una bendición encubierta.

Entre la multitud que siguió a Jesús había también mujeres, que hacían duelo y lloraban por Él. Jesús se volvió a ellas, y les dijo. ‘Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, sino llorad por vosotras, y por vuestros hijos. Porque, he aquí, vendrán días en que dirán: ‘Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no parieron, y los pechos que no amamantaron.’ Entonces comenzarán a decir a los montes. ‘Caed sobre nosotros;’ y a los collados: ‘Cubridnos.’ Porque si estas cosas hacen al árbol verde, ¿qué no harán con la leña seca?’ — Al decirlo, el fiel Salvador volvía a advertir a quienes le rechazaban del terrible juicio que sobre ellos se manifestaría, si no se arrepentían en tanto todavía había tiempo.

Y esta exhortación y advertencia son válidas en todo tiempo, y en todo lugar. De hecho, el Gran Día de Ira y Fuego caerá sobre todos los que rechazan al Cristo de Dios. ‘Porque si estas cosas hacen al árbol verde, ¿qué no harán con la leña seca?’ — Eso quiere significa que si el Santo e Inocente Hijo de Dios tanto padeció a causa del pecado, para redimirnos, ¿cuál será entonces el destino de pecadores y culpables que rechazan la gracia procurada por Cristo para ellos mediante Su sufrimiento y Su muerte?

Al acompañar en espíritu a nuestro Señor en Su Vía Dolorosa, y contemplar Su sufrimiento y muerte, debe surgir en nosotros algo diverso al dolor y la simpatía. Su sufrimiento y muerte son diferentes a los del mártir Cristiano. ¡Él llevó la culpa por nuestro pecado, el castigo por nuestra maldición! No debemos olvidarlo. Debiéramos derramar acerbas lágrimas por nuestros pecados y por las innúmeras veces que hemos ofendido al Dios Santo — una maldad vergonzosa, que sólo el sufrimiento y la muerte del Hijo Unigénito podían expiar. Que sean, pues, de gratitud, las lágrimas que fluyan de nuestros ojos, y haya en nosotros la voluntad de servirle en esta vida, amando a los hermanos, y aún a los enemigos.

No es frecuente que nos emocionemos de este modo. Pidamos a Dios el don del Espíritu, para que ilumine y temple nuestro corazón oscuro y frío, y así la contemplación del sufrimiento y muerte del Salvador sea a nosotros apropiada y provechosa.

SEMANA SANTA

DOMINGO DE RAMOS

Quien llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero (1 Pedro 2.24.)

El lugar para las ejecuciones públicas era un cerro cerca de la ciudad, un sitio al que el pueblo llamaba Gólgota, es decir, El Lugar de la Calavera. Al arribar allí con Jesús, le brindaron vino mezclado con mirra, una mezcla hipnótica, que el Señor rechazó. Luego le crucificaron. Entre los romanos así se hacía; después de alzar la cruz, cuatro soldados levantaban al condenado, quitándole la ropa; y le situaban en un poste, la parte vertical de la cruz. Se empleaban trallas; y el condenado era sentaba arriba del madero. Luego se le ataban los brazos al tirante horizontal, y en ciertos casos, como fue con Cristo, le atravesaron las muñecas con largos clavos. En la peana del poste vertical los pies eran clavados.

Crucificaron al mismo tiempo a dos ladrones; uno a Su derecha, y el otro a Su siniestra. Se cumplió así la profecía de Isaías, ‘y fue contado con los transgresores’ (Isaías, 53.12.)

Mientras allí permanecía, ajusticiado, expuesto de manera vergonzosa a las burlas de Sus enemigos, sufriendo grandes dolores, nuestro Salvador obró algo que pareció extraordinario; mas fue compatible con Sus enseñanzas. Pidió por los que habían sido responsables de su condenación, diciendo. ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.’ Éste fue Su primer pensamiento, y éstas Sus primeras palabras mientras pendía de la cruz.

Nota esto, ahora bien, esta plegaria no fue hecha para todos los hombres, mas para algunos entre el puñado de Judíos por quienes el Señor Cristo era crucificado, a quienes Él veía a través de todos los componentes del grupo infausto. Por lo tanto, inferir de una plegaria de esta naturaleza una oración por todos y cada uno de los hombres que jamás existieron, es, o sería, una deducción excéntrica.

Por cierto, no es evidente que el Señor orase tampoco por todos y cada uno de quienes le crucificaban, mas solamente por aquellos que hacían esto por ignorancia, como surge del argumento que se añade a esta súplica: ‘Porque no saben lo que hacen.’ Y aunque en Hechos, 3.17 se lee que los adalides del pueblo obraron con ignorancia, no es incuestionable que todos ellos fuesen presa de esta ignorancia; que algunos lo fueron está claro en la Escritura; y así es que algunos de ellos se convirtieron a la fe, en ese momento, y más tarde.

Proposiciones indefinidas no deben ser tomadas como universales en materias como esta. Ahora bien, ¿se sigue del hecho de que Cristo orase por el perdón de los pecados de quienes le martirizaban por ignorantes, como sucedió con algunos de aquellos, que Él intercediese por todos y cada uno de los hombres que han existido y existirán; crucificadores que ni en una sola ocasión habrán escuchado sobre la Cruz de Cristo?

Tampoco debe aseverarse, como si hubiese alguna probabilidad para ello, que nuestro Señor debía orar por todos y cada uno de aquellos, aún suponiendo que varios de ellos serían finalmente impenitentes: pues Él mismo bien conocía ‘lo que hay en el hombre,’ Juan, 2.25; así es; Él ‘sabía desde el principio quienes eran los que no creían en Él,’ Juan, 6.65. Ahora bien, es contrario a nuestra regla, 1 Juan, 5.16, ‘Hay pecado de muerte,’ &c, el que oremos por aquellos que sabemos que serán finalmente impenitentes y que morirán en pecado.

Sabe, pues, que esta súplica del Divino Maestro fue efectiva y exitosa, y que el Hijo fue escuchado también en Su ruego, asegurándose fe y perdón para aquellos por quienes Él imploró; de manera tal que ello NADA TENGA QUE VER CON UNA INTERCESIÓN GENERAL, inefectiva finalmente; ya que esta es, a la vez, efectiva y especial: pues, Hechos 3, de aquellos sobre quienes S. Pedro dice, que ‘negaron al Santo, prefiriendo a un asesino,’ (14,) ‘dando muerte al Príncipe de la Vida’ (15) — de estos, digo, cinco mil creyeron; Capítulo 4.4, ‘Muchos de los que escucharon la Palabra creyeron, y el número de estos era de unos cinco mil.’ Y si entre aquellos por quienes el Señor rogó se hallaban algunos otros, estos habrán creído más tarde. Y tampoco los adalides del pueblo estuvieron fuera del alcance de los frutos de esta plegaria, pues ‘un gran número de los sacerdotes fue obediente a la fe.’ Capítulo 6.7.

Pilatos hizo escribir el motivo de Su reprobación en una tabla que puso por encima de la cabeza de Jesús. Dijo. ‘JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS’, y estaba escrito en Latín, Griego y Arameo. Hay aquí una gran clave que descifra el nombre del Anticristo global. — Muchos Judíos leyeron ese anuncio. Los Príncipes de los Sacerdotes se opusieron a Pilatos, diciendo. ‘No escribas. Rey de los Judíos; mas, que Él dijo, Soy Rey de los Judíos.’ Pero Pilatos de manera cortante respondió. ‘Lo escrito, escrito está.’

Aquí ‘los Judíos’ son los Judeanos, o de Judea, lugar de la antigua tribu, de la cual provendría el Cristo. No los Fariseos y Saduceos formados en Babilonia y seguidores del Talmud, que poco tienen que ver con los verdaderos israelitas.

Sin saberlo, Pilatos el Romano escribió y dio testimonio de que Jesús era el Cristo, el Rey de Israel; y así lo había trazado sobre la cabeza de Jesús. Sí. Jesús de Nazareth en verdad era el Rey de Judá, el hijo de David que establecería un Nuevo Reino, espiritual y eterno. Fue el Mesías prometido a quien se había anhelado a través de los siglos. Y, como se predijo, era el Salvador y Redentor del mundo. ¿Pero, cómo armonizaba con ello la gran afrenta por Él experimentada en presencia de los dos condenados, sobre el Gólgota?

A la perfección. Para ejercer plenamente su oficio como Rey, y conducirnos a su Reino de gracia y gloria, primero debía hacerlo como Sumo Sacerdote, nuestro Sumo Sacerdote. Todos los sumos sacerdotes en tiempos del Antiguo Testamento prefiguraron a este gran y postrimero Sumo Sacerdote. Él tenía que ofrecer un sacrificio, del que los innumerables sacrificios de animales del Antiguo Testamento eran el tipo; pero no fue ahora el sacrificio de animal alguno, mas el sacrificio de su Santa vida por el pecado del mundo. Jesús, el Cordero de Dios que toma sobre Sí el pecado del mundo; Él mismo lleva nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero; Él mismo nos sustituye en la expiación y la pena.

Y la corona que allí le ciñó, la corona de espinos, también fue adecuada, como lo fue el carmesí de Su sangre que afloraba de Sus heridas, en tanto permanecía, allí, elevado en la cruz. Así, por ese acto, redimió al hombre de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo, especialmente a Sus elegidos en vista de una fe firme y final, mas siempre por Sus méritos, para que seamos Suyos y vivamos bajo Él en Su Reino. Escucha a ese Sumo Sacerdote, suspendido en la cruz, y orando por enemigos que le asesinaban en ignorancia. Y nosotros, también hijos de la Elección, podríamos incluirnos entre esos enemigos, recordando lo que se lee en Romanos, 5.10. ‘Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por Su vida.’ Ante este amor, seguramente querremos vivir bajo Él en su Reino, y ministrarle aquí en esta vida como Él nos enseña, con amor y auxilio para nuestro prójimo, sin avergonzarnos del Nombre de nuestro Rey, a quien por la gracia de Dios veremos muy pronto tal como es, alabándole para siempre en la casa de nuestro Padre celestial, como a nuestro Profeta, Sacerdote y Rey.

LUNES (de Semana Santa)

Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los mortales, y desecho del pueblo. Todos los que Me ven, escarnecen de Mí; Estiran los labios, menean la cabeza, diciendo: Remítase al Señor, líbrelo; Sálvele, puesto que en Él se complacía.’… Se ha secado como un tiesto Mi vigor, Y Mi lengua se adhirió á Mi paladar; Y Me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros Me han rodeado, Me ha cercado turba de malignos: Horadaron Mis manos y Mis pies. Puedo contar todos Mis huesos; Ellos miran, discurren sobre Mí. Partieron entre sí Mis vestidos, Y sobre Mi ropa echaron suertes. (Salmo 22.6-8,15-18)


¿Te sorprenden estas palabras? Ellas provienen de quien soporta gran sufrimiento, y está al borde de la muerte; las palabras de un hombre que ha sido condenado a morir, y ha sido clavado en una cruz; las palabras de alguien que es objeto de befas en Su sufrimiento. Sí, estas son las palabras del Hijo de Dios, que David profetizó mil años antes de la crucifixión de Cristo.

Ahora todo se cumple. Mira, amigo, a Jesús pendiente de la cruz, Sus manos y Sus pies fijados allí, con clavos enormes. Los soldados, que han crucificado a Jesús, toman Su ropa, la dividen en cuatro partes, una para cada uno, dejando la túnica. Ésta no tenía costura; había sido tejida entera de arriba abajo, de modo que dijeron. ‘No la partamos; más bien echemos suertes sobre ella, para ver de quién ha de ser.’ Una vez que esto hicieron, se sentaron al pie de la cruz y, guardaron la vigilia.

Cerca de la cruz está Su bienaventurada madre. — Recordemos ahora las palabras que a ella dijo el anciano Simeón, las que pronunció cuando la Virgen presentaba a su niño en el templo. ‘Y una espada traspasará tu misma alma.’ La hermana de la madre del Señor, María Cleofás, y María Magdalena, también estaban allí, junto a ella. Y las santas mujeres. Cuando Jesús vio a Su madre y al discípulo a quien Él amaba, de pie junto a ella, dijo a María. ‘Mujer, he ahí tu hijo.’ Después dijo al discípulo. ‘He ahí tu madre.’ — Mira al querido Salvador, en la hora de Su mayor angustia, preocupándose por los que ama, y proveyendo sus necesidades.

Los que pasaban, le ultrajaban, diciendo: ‘A otros salvó; a Sí mismo no se puede salvar. ¿Es Rey de Israel? ¡Que descienda ahora de la cruz, y creeremos en Él! Ha confiado en Dios. Que le libre ahora si lo quiere, porque dijo. ‘Soy Hijo de Dios.’ Igualmente, los ladrones que con Él fueron crucificados, se burlaron de Él, como también los Príncipes de los Sacerdotes, y los Escribas. — Así se cumplió la antigua profecía al pie de la letra.

Cristo, el Mesías, soportó por ti toda esta iniquidad y horrendo agravio. Se le quitó Su ropa, para que a tu fe se ofrecieran, pobre pecador, las promesas de salvación junto al manto de la santidad, para que ellas te invistieran. Y tú, vestido en tal ropa espléndida, algún día oirás la voz de tu Esposo celestial diciéndote, ‘¡Venid, benditos de mi Padre! Heredad el Reino que ha sido dispuesto para vosotros desde la fundación del mundo!’ Aún ahora, en Su Evangelio, oyes la dulce voz de tu Salvador que te asegura que estas cosas son ciertamente la verdad.

MARTES

Entonces Jesús respondió. Amén, hoy te lo digo: estarás conmigo en el Paraíso. (Lucas, 23.43)

Recordemos que Jesús no fue el único en ser crucificado ese día. A Sus flancos había dos ladrones colgando en una cruz. Se acercaba el mediodía. Uno de los forajidos dejó de insultar a Jesús; y ahora le miraba fijamente. Mas el otro ladrón seguía denigrando a Jesús, diciendo. ‘Si tú eres el Cristo, sálvate a Ti mismo, y a nosotros.’ — No obstante, el otro criminal le reprendió. ‘¿Ni aun estando en la misma condenación temes tú a Dios? Nosotros, en verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas Éste ningún mal hizo.’ — Luego dijo a Jesús. ‘Acuérdate de mí cuando vinieres en tu Reino.’ — Este hombre se arrepintió, se abatió por sus pecados, los reconoció, y los repudió. Se convirtió, dio la espalda a su anterior vida en el pecado, reconoció su maldad, y que merecía castigo, y que buscaba el perdón de Dios. Su conversión fue genuina. Reconoció y admitió que las autoridades actuaban conforme a la ley y justicia de Dios al castigarlo. Comprendió que hay retribución por el pecado tras la muerte, y temió la ira justa de Dios. Esto es arrepentimiento.

Si a esto no hubiese sido movido, peor suerte hubiera sufrido que ser crucificado. Sin embargo, en la gracia de Dios, acudió a Cristo para salvación. Confesó públicamente que Jesús no era sino lo que decía el epígrafe sobre Su cabeza, ‘El Rey de Israel’, el Cristo, el Mesías, quien con Su sufrimiento y muerte establecía un Reino para quienes creyeran que Su santa e inocente Pasión y Muerte era redención por el pecado del mundo. Y aunque sabía que su propia muerte era inminente, el ladrón ahora miraba más allá de la muerte, hacia el Reino eterno, lleno de vida y de luz verdadera; y vio a Cristo reinando allí, en gloria divina. Por eso dijo a Jesús. ‘Acuérdate de mí cuando vinieres en tu Reino.’ — Esto es fe.

La fe salvadora no es detenida por la culpa acumulada en una vida de crimen, ni desespera porque la muerte se acerca, ni la impide la condición vejada de Cristo en la cruz, ni las burlas de los adalides de la nación. Todo esto lo desecha, y ruega. ‘Acuérdate de mí cuando vinieres en tu Reino.’

¿Y qué dice Jesús? — El Rey de Israel, cuyo Nombre es Jesús, esto es, Salvador, escucha el ruego del penitente. ‘Amén, hoy te digo: estarás conmigo en el Paraíso.’ — Allí será revelado a la vista de cuantos están en Su Reino.

Aquí oímos la Absolución, o el perdón de los pecados, que el Gran Sumo Sacerdote pronuncia en el instante en que ofrece su Santa vida en rescate por los pecados del hombre. Y este perdón abre las puertas del mismo Paraíso, del cielo.

Qué bendecidas fueron las últimas horas del miserable criminal. Mucho podemos aprender de él. Qué afrenta será la de nuestros pecados, atroces u ordinarios, ante el Dios Santo; reconocer francamente esos pecados sin hacer ninguna excusa por ellos; se nos llama a mirar con fe a Jesús, el Cordero de Dios, que ha expiado el pecado del mundo; y aferrarse a las promesas preciosas de Aquel que es el Cristo, enviado por su Padre para ser el Camino, la Verdad y la Vida de este mundo. Y también del penitente ladrón aprendemos a confesar que Jesús es el Salvador, nuestro Salvador, aun frente a la contradicción y las befas. Sí, su ejemplo nos muestra cómo vivir y morir, cómo tener la seguridad de que las puertas del Paraíso nos están abiertas.

MIÉRCOLES

¡Consumatum est! (Juan, 19.30)

Hoy hablamos de la muerte de Jesús. Ya era mediodía, y el sol estaba en su apogeo sobre el Gólgota, con sus tres cruces. Los soldados discurrían cerca, vigilando, y la multitud continuaba merodeando. Repentinamente la oscuridad cubrió toda la tierra hasta la hora novena (como a las tres de la tarde,) porque el sol dejó de relumbrar. ¿Qué ocurrió en esas tres horas? Nadie lo sabe, porque las Escrituras guardan silencio sobre ello.

Sin embargo, intuimos lo que sucedió, pues cuando el sol vuelve a brillar, Jesús clama a gran voz. ‘¡Eloi, Eloi! ¿Lama sabactani?’ – que, interpretado, quiere decir, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué Me has desamparado?’ Con este grito terrible Jesús desgarra el misterioso silencio de esas horas. Su grito nos persuade que en ese tiempo experimenta el abandono como Hombre-Dios, sufriendo los tormentos del infierno, asediado por los ataques de Satanás. Y esto lo hizo sufriendo el castigo en lugar tuyo y por tus pecados. Se creería que ya no habría más burlas. Mas no. Intencionadamente, y distorsionando las palabras de Jesús, algunos de los que estaban cerca, dijeron. ‘He aquí, llama a Elías.’

Como Su cuerpo se deshidrataba a causa del sufrimiento, y Su lengua se pegaba a Su paladar, dijo. ‘Tengo sed.’ Así se cumplió una profecía de la Escritura (Salmo, 69.21.) Hubo cerca un vaso de vinagre, que probablemente pertenecía a los soldados. Alguien fue, bañó una esponja de vinagre, la ató en un madero, y la ofreció a Jesús para que la bebiera. Aun aquí había escarnio, porque otros dijeron. ‘Deja, veamos si viene Elías a salvarle.’ Y el hombre que ofreció a Jesús la esponja empapada de vinagre, sin duda se unió a esas burlas.

Y Jesús dijo, ‘¡Consumado está!’ Él, el Eterno Sumo Sacerdote, había hecho Su sacrificio. El Cordero de Dios había tomado sobre Sí el pecado del mundo hasta las heces. Dios, reconciliado en Cristo, llamaría a los hombres a esa reconciliación. La justicia eterna había sido satisfecha, y ahora al pobre pecador podía estar en pie en el Juicio de Dios. El terrible castigo por la maldición del pecado y la transgresión había sido derramado sobre el Mesías. La cabeza de Satanás fue quebrantada, y las puertas del cielo, abiertas. Se cumplió la Escritura, pues la Redención se habría consumado en la Obra y Persona de Cristo.

Y otra vez clamó con voz potente, pero de otro modo. Con voz fuerte, gritó: ‘¡Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu!’, y diciendo esto, inclinó Su cabeza, y repatrió el espíritu.

Amigo lector, a causa del pecado mereces la pena de la muerte y la condenación. Sin embargo, Cristo sufrió por ti. Dios hizo que el que no conoció pecado fuera hecho maldición en el castigo para redimirte de la maldición de la ley que te condena. Pero Jesús no quedó cautivo en la muerte; Él resucitó de entre los muertos. Vive, y tú también vivirás.

Tal vez digas, ‘Sin embargo, tengo que morir.’ Mas no, no tienes que morir. Oye lo que dice tu Salvador. ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre.’ (Juan, 11.25-26.) Cuando llegue la hora de tu éxodo de esta vida, dormirás, y pronto estarás con Cristo en el Paraíso. Eso no es muerte. Y tu cuerpo será como el grano de trigo, vivo en la tierra: listo para levantarse del polvo cuando la voz del Divino Maestro llame para quitar tu polvo del sepulcro. Ésa será tu mañana en la resurrección. Cristo murió tu muerte. La muerte ha perdido su aguijón para ti. Esto es, ciertamente, la verdad.

JUEVES SANTO

Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (Marcos, 15.39)

En el instante de la muerte de Jesús, algo prodigioso, inaudito ocurrió en el Templo de Jerusalén, — algo que debe de haber aterrado a los sacerdotes que ministraban ese día, y a todos los allí presentes. El velo enorme, vasto y pesado que impedía la vista del Santo de los Santos, se rasgó en dos, de arriba abajo, como si manos invisibles lo hubiesen hecho. ¿Qué significado dar a este suceso?

En tiempos del Antiguo Testamento a nadie se le era permitía entrar, y ni siquiera mirar detrás del velo, a excepción del sumo sacerdote; y aun solamente él podía hacerlo, una vez al año, en el Gran Día de la Expiación, cuando llevaba y ofrecía el sacrificio por el pecado en expiación por sus propios pecados y los del pueblo. Con este rito el Espíritu Santo mostraba que el verdadero Día de Expiación aún no había llegado, y que el Eterno Sumo Sacerdote, Cristo, aún no había ofrecido la única verdadera ofrenda por el pecado, la que debería abrir al pecador penitente la entrada a lo que el Santuario simbolizaba: la comunión con el Dios Santo, y la redención del pecado por la efusión de sangre. (Hebreos, 9.7-8; 22.) Cuando la muerte de Jesús se rasgó el velo, y el Sancta Sanctorum, el santísimo del templo terrestre quedó a la vista de todos, por la inauguración antitípica, El Espíritu Santo reveló con la mayor claridad que el Eterno Sumo Sacerdote, con Su perfecto y único sacrificio, comenzaba Su ministerio intercesor, luego de ofrecer Su vida santa e inmaculada en redención por el pecado. Él había abierto el camino a Dios y al cielo para todos los pecadores contritos, mediando ahora por los penitentes y fieles, hasta la consumación de ese Gran Día, inmediatamente antes del Juicio. Ésta fue una prueba positiva de que Jesús de Nazareth, el que fue crucificado, es en verdad el Hijo de Dios, y el Salvador del mundo.

Hubo aún otras señales del cielo. La tierra tembló y se partieron las rocas. Los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos del Antiguo Testamento, que habían muerto, volvieron a vivir. Salieron de las tumbas y después de la resurrección de Jesús, entraron a la ciudad santa, y aparecieron a muchos. — Esto fue testimonio seguro de parte de Dios de que el pecado y la muerte habían sido conquistados, y que la justicia y la vida eterna se convidaban a la fe, hija, por otra parte, de la Elección, gracias a la muerte del Hijo de Dios, el Redentor del mundo.

El significado de todo esto se hizo íntimo al centurión que, junto a sus soldados, ya cumplía la orden de ejecutar a Jesús. El temblor, y las últimas palabras del Divino Maestro antes de expirar, no con la voz débil del moribundo, mas con palabra fuerte y llena de aliento, hizo que el centurión clamara. ‘En verdad, este hombre era el Hijo de Dios. Verdaderamente este hombre era justo.’

Las mujeres observaban a cierta distancia. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé. Y todos los que le conocían miraban desde lejos.

La crucifixión de Jesús y los dos criminales ocurrió en la Parasceve, el Día de la Preparación; el día siguiente era un Sábado ceremonial, el de la Pascua, el cual se iniciaba, como todos los Sábados, los del séptimo día y los levíticos, al ponerse el sol. Según la ley, se hubiera profanado este Sábado Pascual si los cuerpos en las cruces allí hubiesen quedado (Deuteronomio, 21.22-23.) Por ello, los cabecillas Judeanos pidieron a Pilatos que mandara quebrar las piernas de los crucificados, y que se quitaran los cuerpos.

En obediencia a Pilatos, la milicia, empleando garrotes herrados, castigó a ambos criminales en las piernas, quebrándolas; y finalmente puso fin a su tormento, apaleándoles las costillas. Cuando llegaron a Jesús, y vieron que había expirado, no quebraron Sus piernas. Uno de los soldados abrió Su costado con una lanza, de modo que, a una, de Su cuerpo, fluían sangre y agua, símbolo de los sagrados Sacramentos del bautismo y la santa comunión.
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Juan, quien de ello fue testigo, todavía nos indica por qué los huesos de Jesús no fueron quebrantados, aunque a Su cuerpo lo traspasó una lanza. Nos dice. ‘Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura. ‘Hueso de Él no quebrantarán.’ Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron.’ (Éxodo, 12.46; Zacarías 12.10.) Esto, luego, fue una parte de la dispensación de Dios para atestiguar que Jesús, quien fue crucificado, realmente era el Cordero de Dios que llevó los pecados del mundo: y en consecuencia el Hijo de Dios, y el prometido Salvador. Ahora tú también puedes juntar las manos y mirando con fe a la cruz de Jesús puedes decir. ‘Este hombre es el Hijo de Dios.’

VIERNES SANTO

Así que, como por la trasgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno sobrevino a todos los hombres la justificación por la fe. Porque así como por la desobediencia de un hombre todos fueron engendrados pecadores, así también por la obediencia de uno muchos serán reengendrados justos. (Romanos 5.18,19)

Los tres cuerpos permanecían aún en el suplicio; los de ambos criminales, con los huesos rotos para apresurar su muerte, y el del Señor Jesús, con Su flanco traspasado. Tal vez los cuerpos de los malhechores, sin ceremonia, fueron sepultados en el Gólgota; ¿pero, qué pasó con el cuerpo de Jesús?

Hubo un hombre llamado José, miembro del Sanhedrín Judío, varón piadoso y recto, que no concordaba con el veredicto y actitud de sus pares. Procedía del pueblo de Judea llamado Arimatea, él aguardaba por el Reino de Dios. — Y ahora que Cristo había muerto — por un prodigio de Dios — su fe se fortaleció a tal punto que no temió ir y pedir el cuerpo de Jesús a fin de sepultarlo. Esto pasó poco después que los Judeanos pidiesen a Pilatos dar la orden para que se quebraran los huesos de los crucificados, para apresurar su muerte, y así quitar sus cuerpos antes del Sábado Pascual. Por ello Pilatos, al oír a José, que pedía que le entregara el cuerpo de Cristo, se sorprendió al escuchar que Él, ahora, había muerto. Una vez que el centurión así le confirmó, concedió el cuerpo a José.

Al salir de la presencia de Pilatos, José fue y compró una sábana de lino para envolver al Señor. Nicodemo, el hombre que secretamente había visitado a Jesús en la noche, se une ahora con José. Había comprado una mezcla de mirra y áloe, unos treinta kilos. Tomando el cuerpo de Jesús, le ungieron con las especias, y le envolvieron con las estolas de lino, según los rituales de la Ley. Se acercaba el ocaso, y pronto comenzaría el Sábado.

Cerca del lugar donde Jesús fue crucificado, poseía José un huerto, donde había un sepulcro nuevo, jamás usada. Era una caverna, baja y no muy grande, que se cerraba con una roca. Y allí depositaron el cuerpo de Jesús. Apostaron la gran piedra a la entrada de la tumba, y salieron.

Las santas mujeres, que habían acompañado a Jesús desde la Galilea, siguieron a José, y vieron el sepulcro, y cómo allí fue colocado el cuerpo de su Señor. Luego regresaron al hogar, y prepararon especias, bálsamos, y perfumes. Y descansaron el Sábado ceremonial, en obediencia al mandamiento. — Buen lector, nosotros, todos nosotros, recibimos de Adán, el progenitor de la raza humana, una herencia de maldición. Como resultado de su desobediencia, al decir de Pablo en su pasaje de Romanos, nosotros, su prole, todos somos proclives a la desobediencia y al pecado. Ésta es nuestra condición original, la depravación pecaminosa, como parientes de Adán.

Cristo, a su vez, ha dejado una herencia bienaventurada, especialmente para quienes creen. Fue perfectamente obediente a la ley de Dios, la cual Adán y nosotros transgredimos con frecuencia. Pero en un sentido muy especial fue obediente a la voluntad de su Padre de tomar sobre Sí el castigo de nuestros pecados, con su maldición y su condena. Y por Sus méritos, muriendo como nuestra ofrenda por el pecado, nos redimió de nuestros pecados con Su sangre. En Cristo todo pecador arrepentido y creyente es un justo por la muerte de Cristo en su beneficio, y así los Cristianos recibimos la vida eterna. Y la fe, sencilla como la de un niño que ve como Dios en él la obra, la fe que confía en Cristo para ese perdón y vida, ella es el medio por el cual se recibe y nos bendice esa herencia, la justificación para vida. Seguramente, buen amigo, prefieres esa venerable herencia que viene por la fe a la herencia maldita que obtuviste por naturaleza, como descendiente de Adán.

SÁBADO DE LA SEMANA SANTA

Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poco, por un momento, en tanto que pasa la ira. (Isaías, 26.20)

El cuerpo de Jesús reposa en la tumba. Sus Apóstoles se ven desanimados y desesperados. Su fe, que hasta allí jamás fulguró como fuerte llama, ahora estaba a punto de extinguirse. La resurrección de Jesús, que Él había prometido y que las profecías habían predicho, era imposible para ellos. Se ocultaban, temiendo por sus vidas.

Los enemigos de Jesús se veían a sí mismos triunfantes. Profesaban que al fin habían logrado lo que por tanto tiempo buscaron. Sin embargo, el desasosiego no les dejó. Recordaron que Jesús había dicho que resucitaría de entre los muertos al tercer día. Por ello les obsesionaba un vago temor. ¿Sería posible que Él, que había hecho tantos milagros, y hasta había resucitado a Lázaro, sería posible que Él... — ¡Mas, no! Se afanaron en ahogar sus pensamientos, pero sin éxito. La angustia merodeaba.

El día que siguió a la crucifixión de Jesús, Gran Sábado anual, que esto es, una entre las siete Fiestas ceremoniales, anterior entonces al Sábado semanal, — luego de tener consejo entre sí, acudieron a Pilatos. ‘Señor’, dijeron, ‘nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan Sus Apóstoles de noche, y le hurten, y digan al pueblo. «Resucitó de entre los muertos.» Y será el postrer error peor que el primero.’ — Pilatos les replico. ‘Ahí tenéis una guardia; id, aseguradle como sabéis.’ Así que fueron, y aseguraron la tumba colocando un sello en la piedra y situando una guardia. — No comprendían que ellos mismos proponían testigos que pronto tornarían para decirles que su insidia era aniquilada.

¿Pero qué piensas de la estadía de Jesús en la tumba? — Sabemos que Su obra de redención era completa, cuando clamó en la cruz. ‘Consumado es.’ Sabemos que cuando se le situó en la tumba ya había conquistado el pecado, la muerte, el infierno y el diablo, y que ya no quedaría en el sepulcro. En el Salmo 16 leemos la clara profecía de David que lo dice, ‘Se alegró por tanto Mi corazón, y se gozó Mi gloria; Mi carne también reposará confiadamente; Porque no dejarás Mi vida en el sepulcro, Ni permitirás que Tu Santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a Tu diestra para siempre.’ (Salmo 16.9-11.) Y el Nuevo Testamento aun confirma la profecía, de manera resplandeciente. El que Cristo haya reposado en la tumba debe despejar nuestro temor de la tumba, porque Su victoria es nuestra; y por tanto el sepulcro ya no es un lugar de maldición para los Suyos. Allí los santos, aunque hubieren devenido polvo, esperan la resurrección, aguardando que el Divino Maestro pronuncie sus nombres y así les despierte en el Paraíso.

¿Cuánto tiempo pasará aún antes de que el mundo infausto, impío, que rechaza las riquezas de la gracia y la paciencia de Dios, enfrente su justo juicio? Gracias a Dios, Él señala nuestro sepulcro, santificado por el descanso de Jesús en él, y dice para consolarnos. ‘Anda, pueblo Mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poco, por un momento, en tanto que pasa la ira. Porque he aquí que el SEÑOR sale de Su lugar para castigar al morador de la tierra, por su maldad contra Él.’

Y al llegar nuestra última hora en esta tierra, con seguridad y gozo confiaremos nuestras vidas en manos de Dios, sabiendo que en el Día Final, así como Cristo, Cabeza del Cuerpo, resucitó, también nosotros resucitaremos en un cuerpo, y un alma. Allí, por la redención de Nuestro Señor Jesucristo, las palabras del Salmo 16 se aplicarán a nosotros porque le pertenecemos al Señor. « El SEÑOR es la porción de mi legado y de mi cáliz; Tú restituirás mi herencia. Los signos para mí se abrieron en lugares preciosos, ya que mi herencia es excelente para mí.»

SOLI GLORIA IESU

© Enrique Ivaldi Broussain, 2004-2007.
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